domingo, 7 de julio de 2013

Entrevista con Gonzalo Martré









"Veo una bonita y se me voltean los ojos al revés"

Entrevista con Gonzalo Martré

Por Carlos Gómez Carro

Gonzalo Martré (Metztitlán, Hidalgo, 1928) es, tal vez, el más importante de los escritores mexicanos desconocidos. Desconocido y no, pues sus obras, de modo secreto, pululan entre universitarios y chavos y chavas de barriada; entre intelectuales y microbuseros. Pero hace mucho que existe un pacto implícito en la República de las Letras para no mencionarlo. Para no considerar su obra con la seriedad debida. Y es que la obra de Martré, aparte de muy divertida (condición básica que el escritor se impone cuando decide emprender una obra) se puede leer con gran seriedad. Desde una perspectiva antropológica, digamos, pues en ella pululan los más diversos personajes de la cultura mexicana, vistos desde la propia entraña por alguien que le ha tomado el pulso muy de cerca a la cultura nativa, sobre todo, a la popular. O histórica, pues sus relatos describen, a veces con acidez, costumbres y mentalidad de la sociedad mexicana, en especial de la Ciudad de México, en el curso del siglo XX. O, simplemente, como literatura de aventuras, a veces ligera, y en otras, como un ejercicio de ensambles sofisticados ejecutados con maestría.

Si se quiere saber cómo piensan y qué sueñan y con qué los taxistas, los oficinistas, las actricitas de cine y televisión, las ninfómanas de barrio, las hijas de familia, los médicos, las enfermeras, los ingenieros, las amas de casa, los olvidados o los arrapiezos, los narcotraficantes de toda laya o sus socios encumbrados en las oficinas de gobierno o en las agencias de investigación, hay que leer a Martré.

Más de treinta obras publicadas lleva (tres inéditas), entre novelas y relatos, pues es un narrador nato. Eso sí, casi todas en editoriales independientes. Obras en la que la sátira es un elemento medular de su narrativa. Y es posible que esta característica, la de ser profundamente crítico, auténticamente crítico, condición que ejerce desde una perspectiva de clase, es lo que lo ha omitido de reseñas y estudios críticos, a excepción de algunos pocos de carácter universitario.

Y es que su sátira es en verdad incómoda y desde una perspectiva que a los doctos de la cultura dominante confunde. No saben cómo tratar con ella, pues la costumbre es la de hacer retratos desde la cúspide y desde ella, en todo caso y de manera preferente, profundizar en lo popular. Mirar desde lo alto de la pirámide del poder, económico o cultural, y no desde sus raíces. Martré, en cambio, escribe desde la carne, desde las pulsiones básicas y no desde algún dogma o principio moral. Sobrepone lo vital, lo carnavalesco, al bien o al mal. Pues, en realidad escribe como todos debieran escribir, desde sus deseos, en donde lo racional se somete a los impulsos de mujeres y hombres desbordados por sus pasiones.

Como sea, es indispensable conocer, mientras aún podemos, cómo piensa y cómo se piensa Gonzalo Martré, de ahí esta entrevista.

Carlos Gómez Carro (CGC): Gonzalo, ¿cuáles fueron los libros que te formaron literariamente?

Martré: Cuando tenía doce años descubrí en la microbiblioteca de la fábrica Cruz Azul, en Jasso, Hgo., El tesoro de la juventud, veinte tomos con lecturas para adolescentes y jóvenes. Traía poemas famosos y capítulos de novelas cumbres de la literatura universal. Leí trozos de Salgari, Sabatini y Dumas. Me gustaron muchísimo. Leí toda la literatura que traía ese libro enciclopédico. Al año siguiente nos cambiamos a Tula, Hgo., a 4 kilómetros de ahí. No había biblioteca. Pero a mi madre, quien frecuentemente hacía viajes al DF en ferrocarril para buscar una plaza de maestra allá, le encargué una lista de libros basada en mis lecturas del “Tesoro”. La primera novela que me trajo fue Los tres mosqueteros. La leí ávidamente. Después y durante un año me trajo a Víctor Hugo, Salgari, Paul Féval y hasta Eugenio Sue en una colección en rústica, muy barata que venía de Argentina. Todo lo que me trajo lo leí al menos un par de veces. De ese acervo el libro que más me impresionó, me gustó y del que alguna vez deseé escribir algo parecido fue Los tres mosqueteros. Conseguí escribirlo 50 años más tarde, parecido en lo tocante a tener tres personajes centrales metidos en aventuras cuyo escenario es la última década del siglo XX: El címbalo de oro (La Tinta Indeleble 2001), mi obra mayor satírica no nada más por lo que se refiere al volumen 500 páginas, sino porque en ella volqué toda mi vocación satírica.
Ya viviendo en la Ciudad de México me fue fácil conseguir más libros, descubrí las librerías de segunda mano y los puestos de revistas. En los puestos había una revista de formato chico cuyo título era Cuentos y Novelas, de Publicaciones Herrerías, 25 centavos en toda la república. No publicaba completas las novelas, sino por capítulos, así supe de Los Pardaillán de Zévaco y otras del mismo autor, pero la que me cautivó fue esa de las aventuras de Los Pardaillán. De modo que mis primeras lecturas fueron novelas históricas de capa y espada a las cuales fui muy aficionado. En una época sabía más de la historia de Francia que la de México.
Compré El Jorobado de Nuestra Señora de París, porque creí que era de capa y espada. No fue así, pero de todos modos me gustó. Entonces, conseguí otra de Víctor Hugo, Los miserables y comprendí que no todo era capa y espada. No todo era aventura épica. Me impresionó a fondo su carga de denuncia social.
La lectura del Satyricón de Petronio me convenció de que ese era mi camino. Fue mi libro de cabecera de muchos años. De hecho, el capitulo segundo de mi novela Los símbolos transparentes es una paráfrasis de “El banquete de Trimalción” de ese libro. No me apena confesarlo, porque no me salió nada mal.
Un día leí grandes elogios para La vorágine de J.E. Rivera. La compré y la leí de dos sentadas. Hallé todos los elogios justificados. Me motivó a leer autores en lengua española, puesto que antes casi puro extranjero leía.
Cuando llegó a mis manos Trópico de Cáncer, supe que, si algún día yo llegara a ser escritor y ese día ya lo veía cercano, tendría que hallar una línea parecida a la de Henry Miller, pero combinándolo con Petronio y en un estilo propio. De hecho, después de leer los dos “Trópicos” de Miller decidí llegada la hora de comenzar a escribir. Y lo hice así. 



Pero no puedo dejar olvidada Gargantúa y Pantagruel. Cuando la leí quedé impactadísimo con Rabelais. De hecho, fue mi modelo para escribir El Címbalo de Oro, ya mencionada antes.



La primera novela mexicana que me gustó mucho fue Casi el paraíso; si bien el tono satírico es débil cuando maneja sus personajes en lo individual, resulta Spota grandioso cuando abarca todo el ambiente de la rastacuera “alta” sociedad mexicana.
Otra novela mexicana que leí con emoción fue La muerte de Artemio Cruz y, que yo recuerde, ninguna otra de Fuentes me gustó.

En realidad la lista de las novelas que considero influyeron de una manera u otra en mi desarrollo literario es muy larga, así que anotaré unas pocas más sin que eso signifique que mis lecturas no abarcaron mucho. Paradiso de Lezama Lima, Rayuela de Cortázar, La casa verde de Vargas Llosa y Cien años de Soledad de García Márquez.


CGC: ¿Cómo fue tu niñez en el Estado de Hidalgo?

Martré: Nací en el estado de Hidalgo el 19 de diciembre de 1928, de pura casualidad, porque, no siendo mis padres de esa entidad, lo mismo pude aparecer en Zacazonapan o en Motul. Mi padre era de Orizaba y mi madre de Morelia, pero ninguno tenía raíces en sus respectivos sitios de nacimiento. Ambos llegaron a Metztitlán, Hgo., a cumplir con el primer trabajo profesional de su vida; ninguno cumplía 24 años, eran ajenos a los lugareños y por atracción natural de polos se conocieron, se amaron y aparecí yo. Ella, maestra normalista egresada de una escuela metodista de Puebla; él, abogado egresado de la UNAM. Profesora y juez de paz, respectivamente.

Cuando la joven profesora Sofía González Villafuerte le anunció con alegría al licenciado Humberto Saavedra Bessey que iba a ser papá, se acabó el idilio. El lic salió huyendo para Pachuca y no paró sino hasta el Defe, se negó rotundamente a que su vástago llevara su apellido aristocrático y, por su parte, la profesora declaró a todo el mundo que se bastaba y sobraba para sacar adelante al chamaco. Por lo pronto, a los 9 meses justos, lo sacó de su panza y lo registró en el pueblo con el nombre de Mario González. Luego se largó de ahí, pues en 1928 las madres solteras no eran bien vistas por la sociedad pudiente de Metztitlán. Se fue a Pachuca, donde no eran tan fijados.

La parte inolvidable de mi niñez transcurrió en el pueblo de Jasso, Hgo. (que hoy lleva el rimbombante nombre de Ciudad Cruz Azul y ha pasado de ser un pueblo rabón a uno un poco menos rabón).
Pero antes debo anotar algunos acontecimientos memorables. Por razón de su profesión mi madre fue a ocupar grupos en escuelas de pueblos lejanos a la capital del Estado.

Recuerdo de Agua Blanca (al norte de Tulancingo): tuve mi primera experiencia sexual a los cinco años con una noviecita hija de otra maestra y que se llamaba Gloria. Escondidos en un rincón tuvimos un simulacro de acto sexual que no pasó de un restregar de partes pudendas impúberes. Nos orinamos uno encima del otro, de pie. Memorable ciento por ciento, han pasado 79 años y lo estoy viendo como si fuese ayer.

En ese mismo pueblo y en el mismo año lectivo un día miércoles mi madre me dejó encargado con la mamá de Gloria porque se iba al tianguis de Apulco para hacer las compras de la semana. Yo la vi, cuando atravesaba la plaza montada en una mula. Vino el recreo y como sabía cuál era el camino de Apulco, me fui a alcanzarla. Yo era entonces un niño rubio y medianamente blanco. En el camino me recogieron unos arrieros y montaron al “güerito” en un burro para que llegara más pronto a Apulco. Menuda sorpresa se llevó mi madre al verme junto a ella. Ese era mi espíritu aventurero.

En Agua Blanca no había kínder así que asistía a las clases que mi madre impartía a primero y segundo de primaria simultáneamente. Aprendí a leer solo.

Recorrimos otros pueblos. Tenango de Doria, Real del Monte y otros. Luego mi madre me inscribió en una escuela popis en Pachuca. Popis pero no de curas, mi madre era de religión metodista, pero como iglesias metodistas tan sólo había en Pachuca y sólo una, pues mi madre era poco apegada a la religión. Como nunca íbamos a la iglesia católica merecimos siempre el mote de herejes, obviamente, no fui a la doctrina y, si fui bautizado fue casi a fuerza por los oficios de una que se hizo nombrar mi madrina. Primera comunión ni pensarlo, entonces mi madre sí se opuso. El mote de hereje me sentaba bien porque la religión me tenía sin cuidado.


Aceptaba con gusto el mote de hereje, era algo así como ser diferente, no había muchos herejes confesos por ese entonces y por ahí.


Un buen día por la tarde, viviendo ya en Pachuca, mi hermana Alicia se cayó, se lastimó y mi madre se enojó porque no la cuidé bien. Tenía entonces unos 8 años. En castigo me sacó a la calle y me cerró la puerta. Un niño normal tendría como obligación echarse a llorar hasta que le abrieran, entrar, pedir perdón y jurar no volver a hacerlo. Yo me eché a caminar hacia el parque distante unas cinco cuadras, ahí me puse a jugar con unos arrapiezos, hasta que se hizo de noche y quedó uno solo. Era un niño de la calle que dormía en el dormitorio público para indigentes . Como declaré no tener casa, me fui con él y nos fuimos al dormitorio público.
Pasé mala noche oyendo las campanadas del famoso reloj monumental de Pachuca. A las 5 de la mañana nos sacaron y como el niño era vendedor de periódicos, me invitó a aprender su oficio. Andaba yo vendiendo periódicos en la calle cuando mi madre, que me buscaba por doquier, me encontró. Le presenté a mi amigo y luego de llevarnos a desayunar en el primer restaurante que encontró, me llevó a casa. Aventurero que es uno.

Por ese tiempo tuve mi segunda experiencia sexual con la sobrinita de otra maestra amiga de mi madre. Vivíamos en Real del Monte y nuestras casas colindaban. Por el lado de la azotehuela nos separaba una barda no muy alta. Alba, la pequeña Alba de mi edad, unos 9 años, me gustaba mucho. Era bonita y muy blanca. Solíamos platicar, yo a horcajadas en la barda de la azotehuela y ella en el patiecito. Un día Albita quedó presa en esa casa a causa del sarampión. Se le podía ver a cualquier hora. Yo le pedía que me dejara ver “aquello” y ella se negaba, pero sin enojarse. Tampoco se iba, se hacía la remolona. Un día sí me lo enseñó. Yo soñé algunas noches con ese pubis impúber. Otro día accedió a que yo bajase y se lo tocase. Fue muy excitante. Pero pagué caro mi atrevimiento porque me contagió el sarampión, que fue de pronóstico reservado. Nunca se repitió el encuentro.
En la escuela particular laica “Hijas de Allende” iba yo en el último grado de kínder y un día, no recuerdo la causa, me agarré a golpes con un chamaco y gané. Hubo un escándalo porque resultó hijo del gobernador del Estado. Me salvé de la expulsión por ser hijo de una maestra y protegido de otra (amiga suya) que ahí daba clases.

Mi madre consiguió el puesto de directora para la Primaria “Cooperativa Cruz Azul” de Jasso, Hgo. Ella permanecía en la escuela todo el día porque en la tarde había cursos de alfabetización para adultos. Durante la mañana iba a la escuela, pero en la tarde, después de comer yo quedaba libre hasta la hora de la merienda. Los niños “decentes” pasaban las tardes en su casa haciendo la tarea. Los “vagos” se la pasaban jugando en un campo de futbol abandonado a la orilla del río. Yo me junté con los “vagos”, pandilla compuesta por unos diez chamagosos entre los 8 y 12 años de edad. A Jasso llegué con diez años de edad cumplidos a cursar el cuarto año. Como la escuela no representaba problema alguno para mí dado que todo lo aprendía con mucha facilidad, hacía las tareas en un tiempo breve y en seguida me iba al dichoso campo abandonado a jugar. Toda la tarde hasta bien entrada la oscuridad. La pandilla esa estaba compuesta por los niños mal vistos en el pueblo debido a su lenguaje procaz, su apariencia sucia, su vestimenta pobre y sus modales vulgares, además, sumamente precoces; en suma, lo peorcito de la niñez de ese pueblo. Hacíamos deporte por temporadas; Jasso era un pueblo muy deportista, tenía un equipo de futbol que siempre salía campeón en los torneos regionales, otro de beisbol ídem y el de volibol escolar arrasaba hasta con los equipos de Tula. Y es que la Cooperativa de la fábrica de cemento subsidiaba a los equipos y contrataba técnicos para que mejoraran su rendimiento. Y nosotros aprendíamos también. Mente sana en cuerpo sano, pero nuestras mentes eran enfermizas porque nos la pasábamos hablando del sexo como práctica secreta. Y también robábamos, no todo el tiempo era dedicado al deporte. Hacíamos excursiones furtivas a los pueblos vecinos para robar fruta, verduras, gallinas, conejos, lechones, guajolotes y todo lo que se moviera y fuese comestible. Éramos expertos en asar comilonas al pastor. En tiempos de tunas nos lanzábamos por los montes cercanos a cortarlas y comerlas en cantidades industriales. No pocas veces nos tapábamos, porque por ahí lo que abundaba era la tuna pequeña, roja, tapona. En tiempos de capulines nos trepábamos a los árboles a bajar racimos y racimos, cuando peras y duraznos asolábamos las huertas vecinas. Éramos niños depredadores. No pocas veces nos corretearon a pedradas. Yo fui muy feliz durante esos tres años. Como homenaje a esa pandilla escribí el cuento “El Canelo” publicado en El retorno de Marilyn Monroe. Pero ya en el sexto grado descubrí El Tesoro de la Juventud y abandoné la vida ociosa y aventurera. Mis amiguitos declararon que yo era puto, pues solamente a los putos se les ocurre ponerse a leer y no andar en las correrías. Desoí tal calificativo y seguí leyendo hasta que se acabó el año de 1940. Así terminó mi niñez y comenzó mi adolescencia.

En Jasso aprendí que todo error tiene su costo. Una tarde, cuando tenía 11 años, jugábamos a “las Olimpiadas” en el patio de la escuela. Lamentablemente no con mi pandilla, sino con otros alumnos. Tocó el turno de “lanzar el disco” que era un aro de fierro macizo y cuando el primer “lanzador” se puso a dar vueltas para enviarlo, todos corrieron para ponerse a salvo, menos yo, quien estúpidamente me situé detrás del lanzador pensando que el “disco” iría a dar al lado contrario. El chico, no olvidé jamás su nombre, de apellido Muciño, lo lanzó y fue a dar precisamente a mi cara. Me rompió el pómulo izquierdo y el puente de la nariz. Fue uno de los errores mayúsculos de mi vida, hube de lamentarlo de ahí hasta el presente, me produjo una sinusitis crónica, con infecciones nasales periódicas, hasta el presente. Yo tenía una nariz bonita, pues me la enchuecó. Padecí de la nariz todo el resto de mi vida.

Mi madre dejó la escuela por motivos personales y nos fuimos a vivir a Tula, distante 4 km, pero en Tula no había secundaria y todo el año de 1941 me la pasé sin ir a la escuela. Mi madre me compró un método para escribir a máquina y como ella tenía una remington portátil, con el método aprendí a escribir al tacto como la mejor mecanógrafa. En dondequiera hay arrapiezos, pero no pude hacer ronda con ellos porque una vez en la calle me lié a golpes con uno y casi lo medio maté. Entonces hube de juntarme con los hermanos Parra de mi edad, Roberto y Manuel, que tenían un hermano mayor de nombre Víctor que llegó a ser astro del cine nacional. Pero los Parra eran “decentes” e iban a la escuela, aprendieron mucho de la vida conmigo.

Así terminó mi niñez en Tula, dejé de hacer deporte, me masturbaba con frenesí, toqueteaba a la doméstica que era guapa y estaba buenísima. Y leía, leía todo lo que mi madre me llevaba del Defe. Para sorpresa de la pandilla de Jasso a la cual visitaba esporádicamente, la lectura no me convirtió en puto.

CGC: ¿Tenías primos? Al menos tienes un hermano, un medio hermano, me imagino, tal vez de parte de tu padre. ¿De dónde sale, entonces, el "Trejo", pues sólo eras "González"?, y aunque puede ser una pregunta adelantada, ¿cuándo surge el pseudónimo-acrónimo "Gonzalo Martré"?. Normalmente la gente hace tragedia cuando la figura paterna está ausente, más si ni siquiera se porta el apellido; eso no parece ocurrirte.
¿Cómo asimilaste esta ausencia? A veces, el abuelo hace las veces, o el tío o un nuevo papá. ¿Hubo alguna figura paterna que destacar en el sentido amplio del término?

Martré: Tengo dos primas, hijas de Leonor, hermana de mi madre. Leonor fue la que no quiso estudiar y anduvo rodando por Guanajuato. Mi prima Chucha desapareció después de que su marido que era un "matracuaz" borrachín, murió heroicamente en una pulquería cuando el techo se le cayó encima. Quedó mi prima Elodia, quien fue a dar a Nezayork donde vive con cuatro hijos, sobrinos segundos míos. Esa es la rama de los “parientes pobres” y nos visitamos una vez al año: en el cumpleaños de Elodia y en el cumpleaños mío. A mi tía Leonor, parlanchina y argüendera la tuve por temporadas en casa. Podía pasar por hermana gemela de mi madre, tal era su parecido. Pelo chino alborotado (que alguna vez tuve) y casi siempre despeinado. Era la típica vieja chimolera de vecindad, pero en Nezayork ya mis parientes pobres vivían y viven en casa propia que mantienen entre todos. Mi tía murió a los 94 años, mi padre, coincidencia, a los 94 también y yo esperaba al menos llegar a los 90 pero el condenado infarto me ha robado al menos un lustro. De parte de mi padre tengo 4 hermanos, y como mi padre era muy rico, los dejó bien heredados. A mí me regaló la casa donde vivo, única herencia y algunos viajes turísticos que me pagó en compañía de mi primera esposa Yuya. A mis hermanastros no los veo ni los escucho jamás. De parte de mi madre tengo tres hermanos (dos mujeres, un hombre) con los cuales he estado en buenos términos, nos vemos unas tres veces por año. En las fiestas.

No tener papá de niño me trajo algunas burlas infantiles a las cuales jamás les hice caso. Visto que el hecho no me traumaba, con el tiempo dejaron de mencionar el asunto. En Jasso, a la pandilla no le importaba en absoluto que yo no tuviera padre. Y cuando surgió el señor Agustín Trejo como falso sustituto nadie hizo mención del asunto. Nunca sentí que en casa faltara algo como un papá. Mi madre lo suplía con notoria ventaja, pues cuando merecía regaños o una que otra paliza, no era tan severa como si proviniese de manos masculinas. El señor Trejo jamás se metió conmigo y yo le correspondí fielmente del mismo modo. En cuanto al hecho de que mi madre de pronto se consiguiera de pareja un hombre casado tampoco me afectaba en nada, pues en Jasso eso era muy común. El señor Trejo era mujeriego y bien se sabía en Jasso que no tan sólo mantenía una relación con mi madre, sino que por ahí retozaba como el caballo viejo de la canción. Cuando llegamos a una vecindad del Defe, mi madre, que odiaba la simulación, pronto esparció la noticia de que no estaba casada con el señor Trejo y eso a nadie le importó. En la vecindad vivían por lo menos otras 3 mujeres en las mismas condiciones.

El señor Trejo jamás pretendió ser mi padre adoptivo y yo no busqué tal figura paterna. Como ya dije, nos llevábamos bien. Mi madre tuvo con él dos hijos, Agustín y Rosa, hecho que no me importó nada, pero que resentí porque la familia aumentó y el subsidio masculino no. Esto me llevó a tener una adolescencia de muchacho pobre, mal vestido y mal alimentado, y a pensar que para salir de la maldita vecindad, mi único camino era estudiar. Y así fue.

Pero era necesario tener dos apellidos: al matricularme en la Secundaria 4 tuve que hacerme de uno y consultado que fue el señor Trejo sobre la posibilidad de darme su apellido paterno, no tuvo objeción pues nos llevábamos bien como ya he dicho. Desde entonces y para siempre fui Trejo. Lo de Gonzalo Martré se me ocurrió muchos años más tarde porque el Trejo no me sonaba bien como apellido de escritor. Hasta la fecha todavía hay quienes creen que tengo ascendencia francesa por lo de “Martré”, por lo tanto me inventé una genealogía directa de Gerard Martrieux, corneta del ejército francés que fue hecho prisionero en la batalla del 5 de Mayo y que se quedó en el país. Pero eso es puro cuento y me divierte. ¿Le seguimos?

CGC: Algo que me agrada de tu obra es el empleo de coloquialismos muy peculiares que suenan muy auténticos y que es raro encontrar en la literatura solemne. Te comentaba alguna vez que me recordaba un tanto a Rulfo, cuya breve obra la alimenta de palabras de origen náhuatl; tú me señalaste en esa ocasión que en todo caso eran otomíes. Supongo que es herencia de tu relación con los arrapiezos de la pandilla de Jasso. Supongo que hay una especie de solidaridad con ellos a través del uso del lenguaje de arrapiezos, cargado de toda la experiencia lectora a la que aludes, en principio, de la narrativa francesa de capa y espada. En realidad, muchos escritores intentan darle un tono popular cuando sus personajes son de la "prole" (Carlos Fuentes o Juan García Ponce, digamos), pero no deja de advertirse en ellos alguna distancia, cierto artificio. ¿Es una convicción, sigues alguna escuela? En todo caso, es un estilo, ¿no? Tu sátira se construye desde una condición de clase, desde un ámbito social que tuviste alguna vez. ¿Será?

Martré: Así es, carísimo Carro. Fue la época vivida en Jasso la que marcó mi niñez. Fue el integrarme a esa pandilla de diez arrapiezos lo que me identificó con los jodidos y de ellos tomé el lenguaje y maneras que distaban mucho de ser propios de chicos bien. Cuando nos fuimos al DF, a mi madre se le ocurrió matricularme en un colegio particular que, por fortuna era de españoles republicanos; pero era un colegio chico, nada como el “Madrid” o el “Luis Vives”, era barato y mi madre consiguió beca para mí, yo no pagaba ni la inscripción. Laico ciento por ciento en todos sus grados. Pero ahí no había chicos lumpen, mis amigos fueron Pepe Castillejos y Carlos Sánchez Dosal, también estaba Antonio Llanes, un grandulón pesadito. A Dosal y a Llanes se les puede reconocer en toda la trilogía del Chanfalla, son dos personajes creados por mí siguiendo un modelo real y ahí deambulan con sus nombres y profesiones verdaderos, para que no se diga que soy desagradecido con mis cuates o que los oculto. Ellos no se ganaron la posteridad con sus acciones, pero yo les presté un cachito de la misma. A ese par y a un innumerable desfile de personajes en toda mi obra. Aciertas, como siempre, mi sátira se construye desde una condición de clase. Ya en la Prepa mis amigos predilectos fueron aquellos que integraban la “banda de los rectores” (así les pusieron los cabrones reporteros de la nota roja) que comandaba el maestro Chícharo, célebre filósofo del salón de baile La Playa, situado en Argentina 105, aristocrático lugar en el mero límite de La Lagunilla y Tepito, frente a la zona roja de “El Órgano” y no lejos de la del callejón de Rivero. Quien quiera que lea la trilogía del Chanfalla se dará cuenta a las primeras de cambio que no me documenté de oídas o metido en un gabinete, sino que tomé mis personajes y mis aventuras del lumpen mismo, de los barrios bajos y del hampa que frecuentaba. En La Playa se daba cita lo más florido de la sociedad rufianesca, y todos eran mis cuates. 




Aprendí a hablar caló con soltura, el caifán apodado “El Tarifas”, extraordinariamente parecido a Rodolfo Acosta que interpretó felizmente a caifanes en el cine, fue mi amigo y recibí clases de él, tanto del caló como de la caifanería, que no aproveché pues en el fondo yo no era tan canalla como ellos. Guardo como una reliquia sacratísima, un recorte de periódico de cuando aprehendieron a la “Banda de los rectores”, para entonces ya me había separado bastante de ellos, no por escrúpulos sino porque la carrera en Ciencias Químicas me absorbía mucho tiempo. No obstante mis amigos y yo formamos un pool académico que nos permitió disfrutar de la vida a la vez que terminar felizmente nuestros estudios y hasta titularnos. De ese pool doy cuenta en un libro que será de aparición póstuma.

CGC: Tu vida ha estado entre dos polos, la de los arrapiezos (la vida popular, la del barrio malevo que marca toda tu narrativa) y la del colegio español. A la vez tus obras reflejan la vida de los bajos fondos, pero a veces construida de modo muy sofisticado, la estructura de tu narrativa es, en ocasiones, muy compleja. Hay una constante experimentación con el uso del tiempo en tus obras, y a veces los distintos tiempos coinciden en algún momento que descifra algún sentido del texto. Tu capacidad para describir acciones es endemoniada y exquisita. La secuencia en la que dos "mustangs" emprenden una mutua persecución en Los símbolos transparentes es de un vértigo y precisión encomiables. ¿Dónde aprendiste esos recursos? ¿Cómo construyes una obra? A reserva de preguntarte más sobre tu vida.

Martré: En efecto, la estructura de “Entre Tiras, porros y caifanes” es rebuscada y laberintosa porque escogí una técnica cinematográfica para narrar esa novela sin solución de continuidad, a base de lo que los cineastas llaman “disolución”, o sea, el enlace de una secuencia con otra mediante un recurso lingüístico. Entonces le compliqué la vida al lector, creo que no fue una idea feliz. Acabo de revisarla y no cambié las secuencias, simplemente las doté de títulos, esto es, en esa novela hay cinco planos narrativos: uno, el Chanfalla recuerda en el apando sus experiencias en la prisión; dos, la banda de los rectores con el Chícharo también conocido ahí como el Filósofo de la Playa, ellos narran las aventuras corridas juntos de nuestro personaje; tres, la banda de arrapiezos de la Bella Can que lo dan por muerto, narran sus aventuras corridas con él; cuatro, el Chanfalla se ve a sí mismo en su modalidad de porro dentro de la Prepa 1 en San Ildefonso, y cinco, el narrador omnisciente narra las desventuras amorosas del Chanfalla. Así el lector no se perderá ahora en esa maraña de acontecimientos y sabrá siempre donde está ubicado. La tercera parte de la trilogía no es tan complicada y quedará como está. Prácticamente sin ningún cambio, si acaso el cambio de nombre ficticio por nombre real en algunos casos aislados. La trilogía ya está capturada y revisada, espero llegar al año 2013 para llevársela a quien quede en el Fondo de Cultura Económica.

¿Qué de donde aprendí esos recursos? Leyendo, leyendo cientos de cuentos policiales y decenas de novelas. Tomando de aquí y allá lo mejor, sin plagiar, adaptando, reconstruyendo y, algunas veces inventando. Y sigamos adelante, carísimo amigo.

CGC: ¿Cómo surgen tus primeros relatos? ¿De dónde surge tu fe satírica?

Martré: Este par de preguntas es asombrosamente fácil de contestar. ¡De la nada! Cuando a Niels Bohr le preguntaron de dónde sacaba su teoría del salto cuántico del electrón, su respuesta fue similar. Cuando su maestro y mentor, el físico inglés Rutherford lo acorraló demandándole que explicara cómo era que no daba al electrón una trayectoria definida en el salto cuántico, cómo era que de repente aparecía en otro nivel energético, Bohr, acorralado, soltó una frase inapropiada para una mente de su calibre: “¡Porque yo se lo mando!” Esto es, sacó su idea de la nada. Alguna neurona se la dictó. Sin saber por qué, la idea pasó a ser teoría, sustentó su teoría matemáticamente y la física atómica dio un paso gigantesco hacia adelante.

Así con la vena satírica, o la romántica, o la religiosa, de cualquier creador. Surge sin motivo aparente. ¿Cuándo aparece por primera vez? Lo sé con exactitud. En el primer año de Prepa y en el bachillerato de Químicas, a un reducido grupo de compañeros se nos ocurrió hacer dizque un periodiquito del grupo. El único que sabía escribir a máquina con buena ortografía y sintaxis era yo. Entonces mis cofrades me daban sus ideas y yo las desarrollaba en pequeños artículos. Así surgieron mis primero relatos. Así me di cuenta de que yo podía reunir palabras y frases para hacer algo legible, no necesariamente de corte académico. Me di cuenta de que podía armar pequeños textos a veces graciosos o serios, pero con un principio y fin coherentes. Supe que podía ser escritor, pero no le presté atención a esa vena porque yo quería ser un profesionista técnico para salir pronto de la maldita vecindad donde vivía. Les daba un matiz satírico, que a algunos no les gustaba, entonces se los quitaba. Pero a mis artículos sí les dejaba el matiz satírico. O sea, me burlaba de algunos compañeros del grupo (y o compañeras). La publicación no tuvo larga vida porque mis cuates se negaron a seguir colaborando. Entonces yo solo saqué un par de números más con los cuales me gané la animadversión de los afectados. Me hice de algunos enemigos de por vida y las chicas me evitaban. Mis cuates, pese a que se negaron a colaborar más, se mostraron solidarios conmigo. El grupo se dividió en contra y a favor mío. La verdad es que me excedí en ciertos casos y muchos dejaron de hablarme. El periodiquito, que por cierto se titulaba “El ladrido del perro”, dejó de salir y no apareció más. Yo no terminé la Prepa en dos años, sino en tres, por lo tanto aquellos condiscípulos enojados conmigo se fueron a Ciencias Químicas y al año siguiente cuando yo ingresé a la famosa escuela (Goyito Cárdenas la había hecho famosa mundialmente) la distancia con ellos se extendió más.

Pasaron muchísimos años sin volver a escribir algo semejante. Hasta que llegó el momento...

CGC: ¿Cómo crees que influyó tu formación científica en tu obra? ¿Qué científicos presiden tu ideario? Por otra parte, la preparatoria fue el ámbito en el que se desarrollan algunas de las historias de tu primer libro, ¿cómo era la Escuela Nacional Preparatoria a mediados de los años cuarenta, cuando tú la cursaste, pues ya has comentado un poco de tu vida en la primaria y secundaria? Entonces privaba un ambiente muy represivo en el ámbito escolar, ¿no?

Martré: Vayamos contestando poco a poco. De pronto, cuando estoy escribiendo narrativa, se me ocurre algo de lo que conozco sobre química y física, aprendido en la carrera pero más que eso, aprendido cuando durante 20 años di clases de química inorgánica. Fue hasta entonces cuando me enteré de la existencia de la mecánica cuántica y ciertamente me apasionó su descubrimiento. Profundicé un poco más sobre ella, descubrí que en los libros tanto básicos como superiores venía explicada confusamente y me propuse hacer claridad en el asunto. Escribí un libro de texto para preparatoria titulado La estructura del átomo (según sus modelos) y lo mejor que hallé para darle forma fue un libro ruso traducido al español. Con ese libro como base y muchos otros elaboré mi libro sobre los antecedentes y el desarrollo de la mecánica cuántica que me fue publicado por una editorial importante de libros de texto. Estuvo vigente unos cinco años, pero después fue dado de baja porque hubo cambio de programa en el ciclo bachillerato (para empeorarlo). Pero a mí me quedaron esos conocimientos para siempre, lo cual me permitió, entre otras cosas, hacerle una crítica feroz a Volpi por su libro de Klingsor que es un manojo de disparates. Hasta la fecha, cuando alguien me pregunta si creo en Dios, le contesto que el único Dios que conozco es la verdad científica y el único Papa o Sumo sacerdote suyo es Max Planck. Visto así el tema, creo que, en efecto, mi formación autodidacta técnica y científica se refleja a veces en mi narrativa.

La descripción de la vida preparatoriana, en el lapso 1946-51, está completa en el tomo segundo de la trilogía de El Chanfalla. Así fue, ni más ni menos. Es una parte autobiográfica en donde a veces soy “Héctor” y a veces el Chanfalla mismo.

Mi asistencia a los antros se derivó de dos amigos a quien les gustaba mucho ir a ellos: por un lado, Álvaro Gutiérrez, amigo mío desde la escuela secundaria que acudía a los cabarets de tercera categoría ubicados en la calle de Guerrero y los de la calle de Santa María la Redonda. Yo lo acompañaba algunas veces, para bailar con las ficheras mas no para beber con ellas lo cual ya era oneroso. Por otro lado, Rodolfo Hernández (a) El Huévoro, quien un día me invitó al salón de baile “La Playa” (muy distinto a los cabarets de Álvaro), situado en la calle de Argentina, a unas 6 cuadras del barrio estudiantil, cuyo ambiente me fascinó. Ahí aprendí a bailar, ahí me relacioné con la “Banda de los rectores”, con los pachucos bailarines y con los caifanes. De ahí saqué todo el material para los tomos 1 y 2 de la trilogía de El Chanfalla. Durante 3 años fui asiduo de “La Playa”, después, debido a que la carrera de ingeniero químico me absorbía mucho tiempo, abandoné esa asiduidad, pero lo aprendido, jamás se me olvidó.


CGC: Quiero preguntarte acerca de la sexualidad y la creación literaria. Ya contaste algo de tus primeras experiencias eróticas; también el hecho de que te masturbabas. Casi todos los escritores omiten hablar de ese tipo de experiencias, aunque puedan atribuirla a sus personajes. ¿Cómo influye esto en el ámbito de la imaginación literaria y artística (incluso científica), si es que lo hace? ¿Crees que el celibato también puede llevar a lo sublime?

Martré: Siendo la masturbación una secuela natural del despertar sexual en el adolescente, no veo por qué ha de avergonzar al ser humano. Como yo no tenía encima los anatemas de los curas que condenan en su ignorancia la masturbación, nunca vi el acto en sí como vergonzante. Normalmente era un placer solitario y tan sólo en muy contadas ocasiones concursé con algunos amigos en precisar quién tardaba más o menos y quien llegaba más lejos la primera gota de semen. Esto lo llegamos a efectuar en excursión dominguera a algún cerro. Yo nunca gané uno de esos esporádicos concursos. Como me masturbaba siendo adolescente y como de adolescente yo no escribía nada, pues la influencia de tal acto no existía. La masturbación en grupo no me satisfacía, como que no podía hacerlo con soltura, como que me inhibía la presencia de los amigos. Prefería en el baño, yo no me bañaba sino una sola vez a la semana, los sábados. Era el día dedicado a la masturbación, en los demás días me abstenía de hacerlo, no se me antojaba. A veces también lo hacía en la alberca, solía ir sábados o domingos a las albercas públicas del DF, ya sea las oficiales como la del Plan Sexenal o de paga como el “Balneario Elba”, “El Olímpico”, u otros que se hallaban cerca de la carretera México-Puebla. Era un buen nadador. Siempre había modo de hacerlo.

Tu pregunta sobre el celibato no puedo contestarla. Jamás fui partidario del celibato religioso. Conocí a muchos célibes, pero no curas, eran célibes aparentes porque no andaban con mujeres pero sí con hombres: en suma homosexuales. Pero con los homosexuales siempre guardé una gran distancia cuando era adolescente. Cuando yo era adolescente y ya joven, la homofobia era generalizada en el país. Los maricones, jotos o simplemente putos no eran bien vistos en sociedad y, si alguno por su poder económico o político se descaraba, entonces era centro de burlas abiertas o soterradas. Los “putos” eran despreciados, yo simplemente los evitaba. Pero conforme fui creciendo y me fui cultivando aprendí a tolerarlos, a comprenderlos y hasta justificarlos. Ya como escritor encontré que en el medio abundaban los homosexuales, sobre todo poetas, pero no tuve ningún empacho en aceptarlos como amigos y departir con ellos confianzudamente. Dionicio Morales, Abigael Bojórquez y Salvador Camelo —entre otros— fueron buenos amigos míos no obstante su homosexualidad abierta. De la amistad de Sergio Magaña —el más grande dramaturgo que ha dado este país—, yo me enorgullecía y respetaba mucho su talento. Una vez escribí una obrita de teatro, Cambio de turno se llamaba, se la di a leer y me la devolvió con un comentario amable “tu camino es la narrativa, Gonzalo, no el teatro.” Le hice caso, por supuesto, Sergio me inspiraba un gran respeto. Tengo por ahí una foto con él y con otro amigo apodado “El Zombie”.

CGC: El cine, me parece, es otra de tus pasiones y ocasional asunto en algunos de tus relatos. ¿Cuáles son tus favoritas de todos los tiempos, mexicanas y extranjeras? Muchos de tus relatos son muy visuales, casi cinematográficos y susceptibles de ser filmados, me parece. También te gusta mucho la música, culta y popular; en tu narrativa aparecen lo mismo tenores que cantantes y canciones populares, además de que tienes fama de ser buen bailarín y de conocer los secretos de la cocina y de la barra de bebidas, lo que le sirve a algunos de tus personajes para iniciar sus conquistas. ¿Cómo ha sido tu vida laboral?

Martré: Mis películas favoritas, inscritas en diferentes géneros, son: Rashomon de Akiro Kurosawa; Dr. Insólito de Stanley Kubrick; La dulce vida de Fellini; La Gran Comilona de Marco Ferreri; La quimera del oro de Chaplin; La mujer de al lado de Truffaut; El ángel exterminador de Buñuel; Hombre muerto de Jim Jarmusch; Los Pájaros de Hitchcock; El séptimo sello de Bergman; Antonio de las muertes de Glauber Rocha; Boris Grushenko de Woody Allen; Vicios privados, virtudes públicas de Miklós Jancsó; Fargo de los Hermanos Coen; La mujer del cuadro de Fritz Lang; Nos amábamos tanto de Ettore Scola; Venga a tomar el café con nosotras de Alberto Lattuada; A quemarropa, con Lee Marvin; Konga Roja de Chano Urueta; Al son del mambo, con D. Pérez Prado; Flor silvestre de Emilio Fernández; Blade Runner de Rydley Scott; Odisea en el espacio de Stanley Kubrick; Alphaville de Godard; Polizones y polizontes de los Hermanos Marx; La fiesta inolvidable, con Peter Sellers; La diligencia de John Huston; El bueno, el malo y el feo de Sergio Leone; El rey del barrio, con Tin Tan, y así hasta completar unas cien, al menos.

En lo que atañe a mi vida laboral, te diré: mi primer trabajo profesional como ingeniero químico lo tuve cuando era pasante en la Escuela Nacional de Ciencias Químicas (ENCQ); ingresé en la Palmolive y ahí aprendí muchísimo. En primer lugar, el superintendente general me tomó afecto y guió mis pasos en esa fábrica. Me enseñó responsabilidad profesional, algo que no se aprende en la escuela. Él era un tipo muy competente y traté de imitarlo. Desde entonces lo tomé como modelo en mi vida profesional, se llamaba René Sauza, me llevaba unos cinco años, ya debe de haber muerto.

Cuando se me presentó la oportunidad de trabajar ahí en 1952, me alegré por dos causas: primera, porque ya era indispensable mejorar mi vestuario y mi alimentación, ambos muy deficientes a causa de la penuria endémica en casa. (Además tenía necesidad de comprar libros y equipo de laboratorio, fuera de mi alcance.) Segunda, porque ahí laboraba, en el departamento de publicidad, mi ex compañera de la Preparatoria, de quien me hallaba profundamente enamorado. Enamorado sin esperanza pues no tan sólo no era correspondido, sino que además me detestaba. Esta historia está contada en el segundo tomo de la trilogía de El Chanfalla, ahí soy Héctor.

Pues bien, Marthita apenas me vio en la fábrica fue a quejarse con el jefe de personal diciendo que yo, su eterno enamorado, la molestaría, con certeza. Por esa causa nunca me dieron contrato definitivo, me lo daban mensual gracias a que el Ing. Sauza insistía en que yo era buen técnico y tapaba algunos errores laborales que a veces cometía. De Martha tuve la certeza de que jamás sería mi novia, ni siquiera la amiga que fue cuando cursábamos juntos el primero de Prepa. Ella desertó después del terminar el primero y se fue a la Academia de San Carlos donde estudió dibujo publicitario. Era muy bonita, la más bonita del grupo y una de las chicas más bonitas del plantel entero. Y yo, como dice la canción, era un plebeyo que vestía mal y nunca traía más allá de 20 centavitos en el bolsillo. Ocho meses duré en la Palmolive, tenía buen sueldo y con él, además de cooperar con el gasto familiar, me compré todos los libros que me hacían falta, un reloj omega que ahora, 60 años después, mandé componer y uso. Una cámara alemana fotográfica, y el resto lo vestí y lo comí. A los ocho meses renuncié, estaba muy claro que si seguía ahí iba a tardar mucho en recibirme, pues el trabajo absorbía 8 horas al día. La Palmolive o la escuela. No me encariñé con el dinero y me decidí por la escuela.

Mi segundo empleo profesional lo obtuve en 1953 cuando entré de químico de turno en el ingenio de Atencingo, Puebla, uno de los más grandes del país en aquel entonces. Cinco meses de zafra, turnos alternados. Me tocó en suerte otro jefe muy competente, Enrique Galindo. Ahí aprendí a hacer informes de corrida semanaria. Mandaba mi cooperación a mi madre. Se comía muy bien en Atencingo, y gratis. Yo era muy flaco, debido a la desnutrición, en Atencingo me repuse, eché carnes. A los alumnos que se iban de zafra, la escuela les tenía una consideración especial: podían terminar los cursos sin necesidad de haber pasado lista. En 1953 debía de haber terminado la carrera, pero la zafra me atrasó con unas pocas materias y en 1954 no trabajé, sino que me puse a terminar las materias pendientes. En 1955 obtuve mi tercer trabajo: jefe químico en el ingenio Dos Patrias, en Tabasco. Jefe químico de mí mismo, pues el ingenio era muy pequeño y no tenía para emplear químicos de turno. De modo que yo hacía los análisis diarios, el informe diario y el informe semanal. Comida y hospedaje gratis. Tres meses duró la zafra pero no me regresé al DF inmediatamente, ya no tenía materias que pagar, debía de hacer la tesis. Regresé y registré la tesis, luego vine a Villahermosa, no a trabajar, sino a proseguir mi noviazgo con una chica bellísima que conocí por vivir ella muy cerca del hotel donde me hospedaba. Iba y venía al DF, continuaba con la tesis y con el noviazgo. En noviembre de 1954 presenté mi examen profesional de Ingeniero Químico. Y en diciembre me casé con el amor de mi vida.

Con ella me fui a vivir en casa de mi madre. Mi primer trabajo profesional ya recibido fue en otro ingenio, pero no como empleado del mismo, sino como inspector de Normas en la calidad del azúcar. Dos meses estuve ahí y renuncié porque un amigo me consiguió otro trabajo mejor en la Celanese, en el DF. Ahí estuve tres meses como supervisor de turno y, gracias a lo aprendido en la Palmolive lo iba haciendo bien, pero se me presentó la oportunidad de entrar al Banco de México, mejor sueldo y sin turnos. Ahí estuve tres años y medio. También renuncié para regresar a Normas de la Secretaría de Industria y Comercio, cuando el secretario era Raúl Salinas Lozano, padre de “Charlie el Honrado”. Muy ratero Salinas Lozano. Ahí estuve un año y medio, pues mi jefe cayó en desgracia con Salinas Lozano, lo obligaron a renunciar y con él nos fuimos sus colaboradores principales. Yo había sido Jefe de la sección de azúcar, en donde años antes fui empleado.

Después de ese empleo conseguí otro parecido en la Secretaría de Hacienda, en el cual me pasé 22 años porque me daba tiempo para leer y escribir. Otra vez con suerte, el Ing. José Cantú fue mi jefe, muy competente en su ramo, me enseñó los secretos del oficio y, cuando mi familia creció pero el sueldo no, comencé a escribir el Fantomas, ocupación que me dio un gran alivio económico durante nueve años, porque podía atender cómodamente mis tres empleos: Hacienda, Preparatoria de la UNAM y Fantomas, además, escribir mi literatura.

Cuando Fantomas se acabó para mí, aumenté mis clases en la Preparatoria de la UNAM y ahí hice carrera hasta llegar a director del Plantel 1. Al terminar mi primer periodo de 4 años pude haberme quedado otros cuatro sin ningún problema, había hecho un magnífico papel en la dirección. Pero no quise, porque sentía que lo mío era escribir, no administrar una preparatoria. Y me jubilé. Y no volví a tener otro empleo jamás, de eso hace ya 21 años.

CGC: Eres un hombre disciplinado, la prueba es que ya tienes una obra de cierta consideración. ¿Cuáles son y han sido tus rutinas de trabajo? ¿Cómo llega la inspiración?

En tus recuerdos aparece Yuya, tu primera esposa, con alguna frecuencia, lo mismo que en tu obra. En uno de tus mejores (tienes varios mejores) y más divertidos relatos, "Telépatas" decides aplicar tu tono mordaz y satírico (así lo declaras) a tu persona, pero sobre todo a quien fue tu compañera de muchos años. La esposa de Marcio, tu alter ego, es una adorable mujer de pocos sesos ("casi nunca pienso en nada", dice). ¿Cómo deben ser las mujeres, entonces? Marcio es un paranoico tremendo y también inequitativo, pues confiesa sin mucho empacho que ha sido infiel, pero no soporta una aventura de su mujercita. ¿Por qué Marcio no aplica los mismos parámetros en su conducta sexual a su mujer?

Martré: Escribo todos los días. Antes de que me jubilara escribía tan sólo en las tardes y parte de la noche. De jubilado escribía 4 horas en la mañana y 4 en la tarde. Ahora he reducido a 1 y 1. No puedo más, me fatigo física y mentalmente. Pero gracias a esta rutina es que ya tengo 30 obras publicadas y, por lo pronto 3 novelas inéditas. La inspiración me llega de repente, sin aviso. Estoy escribiendo y de pronto tengo una idea y comienzo a desarrollarla y no paro hasta que termino con ella.

Respecto a mi ex esposa he escrito ya mucho, aunque no todo se ha publicado. Pero algún día el total saldrá a la luz. Pero voy a hacerte un resumen: primero, confieso que ella es el amor de mi vida. Aunque ya no la quiero —de hecho dejé de quererla desde el día mismo en que agarró sus chivas y se fue para siempre de la casa—, pienso en ella con frecuencia sorprendente: sueño seguido con ella y a veces me sorprendo a mí mismo reflexionando acerca de lo que fue nuestro matrimonio y por qué se acabó.

La verdad escueta es que, ambos nos hastiamos uno del otro. Fueron 20 años de luna de miel ininterrumpida. Luego vino el hastío y el de ella derivó en aversión hacia mí. Yo aún la quería un poco, lo suficiente como para seguir viviendo con ella hasta el fin de mi existencia. Pero ella, nada.

Ahora bien, si el cuento denota inequidad, es que merece una segunda lectura. No es que yo, infiel como la mayoría de los hombres, no soportara una infidelidad, una sola de mi mujercita. Yo podría haber hecho caso omiso de la infidelidad si la hubiera sorprendido poniéndome los cuernos con cualquier otro que no fuese mi compadre sacratísimo. Yo a ella le di libertades que pocos maridos mexicanos de clase media permiten a su esposa. De haber ella escogido a un desconocido para sus devaneos, no me hubiera importado y creo que hasta a un arreglo civilizado podría haber tenido con ella. Pero como se le ocurrió flirtear y luego enamorarse de nuestro compadre sagrado, esposo de su mejor amiga y comadre, eso sí no lo aguanté. Me quitó al compañero de golferías y aventuras, casi mi hermano. En el cuento relato un hecho verídico: el momento en que descubrí que ellos dos se entendían. Lo demás del cuento, es fácil advertirlo, es fantasía, ficción pura. Lo escribí para ella, para que tuviera un documento probatorio y recordara que no me había sido infiel sin darme cuenta. Al revés de lo que acontece en estos casos, cuando el marido es el último en enterarse, en el mío, el marido fue el primero en saberlo. Su necesidad —por el hastío— de tener, según tú, una aventura por curiosidad y sin mucha importancia jamás existió. Era limitada, pero no retrasada mental, planeó dejarme porque estaba harta de mí, no de mis infidelidades, esas eran el pretexto, sino de la vida conyugal. Pese a que, insisto, yo le daba libertades inusuales confiando en ella, para huir de mí se fijó en su compadre porque era al que tenía más a mano. Y aquel cedió a la tentación pese a mis advertencias. Por eso me indigné. Y por eso, cuando ella planteó el divorcio legal yo otorgué todas las facilidades. También yo quería mi libertad, total. historia ya pasada, historia que no olvido. Hace 26 años nos divorciamos. ¿A qué darle más vueltas?

¿Por qué no apliqué los mismos parámetros? Porque escogió a mi compadre para librarse de mí. Tampoco voy a negar que, como todo habitante de país tercermundista, tengo mi dosis de machismo, pero me disculpo aduciendo que todos los hombres del mundo son por naturaleza polígamos. Yo no soy la excepción. Pero durante 20 años fui monógamo, padecía yo de un complejo que los psicólogos llaman de “pene cautivo”, o sea, que nada más tenía erección con mi mujercita adorada. Por eso a las demás ni siquiera volteaba a verlas. Diez años de fidelidad absoluta, es decir, ni con el pensamiento la engañaba. Otros diez años de fidelidad funcional, o sea, quizá sí la traicionaba con el pensamiento, pero nunca con los hechos.

En realidad “Telépatas” es un ajuste de cuentas. Como lo es también “El diluvio que viene”. Como lo son otros dos textos que algún día no muy lejano saldrán a luz.

Finalmente, no es agravio decir que mi ex mujer no era muy lista. Fue la clásica mujer bonita, bonita, pero tonta, tonta. Lo sabía antes de casarme con ella y no me importó. Quise cultivarla después, ella hizo esfuerzos, pero su memoria no le ayudaba mucho. Resumen de ese matrimonio: 20 años de idilio, 5 años de desapego y 5 años de desavenencia. Total, 30 años y 4 hijos.

CGC: Hace poco se publicaron las entrevistas que le hiciera el periódico La Jornada a Miguel Nazar Haro (enero y febrero de 2012), el siniestro ex jefe de la DFS. Dice que Luis Echeverría Álvarez, en octubre de 1968, quiso abortar la matanza de Tlatelolco y el general Barragán, secretario de la Defensa nacional, le dijo que él "no estaba jugando a los soldaditos", más o menos, y procedió a la matanza. ¿Qué piensas de eso? Tú estuviste en la Plaza, pudiste verlo todo y sobrevivir para contarlo.

Martré: Creo que Nazar mintió. Las investigaciones sobre la matanza han dejado en claro que el ejecutor de la misma fue el Estado Mayor Presidencial. Como Marcelino García Barragán se negara a ejecutarla, el Chango ordenó a su Estado Mayor que lo hiciera. Los del EM dispararon contra el ejército, hirieron al general Hernández Toledo y se desató la balacera. Quien ordenó la matanza fue el Chango, y si LEA trató de disuadirlo eso no se sabrá nunca y no será por boca de un asesino como Nazar como se establezca la verdad.

Cuando el ejército agarró a los francotiradores que disparaban sobre los soldados y contra la multitud, resultó que éstos eran miembros del EM. Pidieron instrucciones a Marcelino y éste ordenó que los dejaran ir. Entre bomberos no se pisan las mangueras.

CGC: Comenzaste a escribir novela policial, con énfasis en el narco, cuando aún el problema de tráfico de drogas no alcanzaba las proporciones actuales, en esto eres pionero. Pero en tu obra no existen los buenos policías o agentes en contra de los malos, sino que agentes federales, funcionarios e incluso militares están coludidos con delincuentes. Todo esto como expresión y espejo de un sistema de corrupción generalizado. ¿Quién tiene los hilos de todo esto? Desde EU se venden armas, tanto a los delincuentes como al gobierno, mientras desde allá se compra droga en abundancia. Cuando has escrito de Fantomas, el héroe de una historieta ahora de culto, pareciera que los intereses reales de la delincuencia rebasan los márgenes nacionales, como si policías y ladrones nacionales fueran marionetas manejadas desde otro lado, ¿lo crees así? Ahora el Presidente Calderón ha emprendido una guerra en contra del narco sin precedente, una guerra que en otros tiempos hubiéramos calificado de santa, y van más de 60 mil muertos durante su gobierno, pero el tráfico de drogas sigue intacto, incluso ha aumentado, ¿a quién le sirve esta guerra?

Martré: Preguntas difíciles de contestar. Ni los especialistas en la materia podrían dar respuestas firmes, esclarecedoras. Lo que va quedando claro, pese a las declaraciones del negrito que gobierna el Imperio, es que el Chapo nunca se fugó. Aquellos que tienen los hilos de todo esto ordenaron su liberación porque les urgía poner frente al negocio un líder capaz de aglutinarlo y sacarle el mejor provecho. Y el Chapo no los ha defraudado, pero en el mundo del hampa a la alta escuela el Chapo no es sino una pieza de ajedrez que se puede mover según las reglas. Algún día el Chapo cometerá un error que disguste a sus patrones y ese día “será descubierto y muerto en el enfrentamiento”. Pero ya tienen preparado a su sucesor así que no hay problema. En efecto, en mis narconovelas no triunfa la justicia, no triunfa el bien sobre el mal, triunfa el mejor preparado y más osado, el cual, en estos tiempos y en este país no se trata del ejecutor de la ley, sino del delincuente. Y el delincuente no necesariamente es un proscrito, actúa con todas las ventajas que da el ser un funcionario público. O sea, tiene impunidad e inmunidad.

¿A quién le sirve esta guerra? A los dueños del negocio, a los barones de la droga, a la usurocracia internacional. Toda guerra beneficia a la usurocracia y ésta no es la excepción. Calderón no declarará terminada la guerra porque eso sería matar a la gallina de los huevos de oro. Calderón tiene amos y éstos son exactamente los mismos que los amos del Chapo. En Tepito venden unos tubitos muy monos hechos de plástico expresamente para “esnifar” coquita. Es parte del negocio.

CGC: Dentro de tu vena satírica, ¿cómo te imaginas los usos del poder de llegar cada candidato a la Silla? ¿Cómo sería la continuidad panista con Josefina? ¿El regreso de los dinosaurios con Peña Nieto? ¿Y la república amorosa de AMLO?¿Cuál sería más divertida, si es que nos divierte? ¿Con alguno de ellos podría por fin ganar la selección mexicana de futbol el mundial de Brasil?

Martré: Los dos primeros escenarios que citas serían desastrosos para el país. De ganar Chepina, la ineptitud manifiesta de la gente del PAN sería el emblema de la continuidad de ese partido en el poder. No tiene gente capaz, no tiene gente patriota, no tiene buenos políticos ni buenos administradores. La actuación de Chepina al frente de la SEP no reveló sus capacidades, si es que las tiene las mantuvo tan celosamente ocultas que siguen en la sombra. El fiasco del “Estadio Azul” demostró su pobre sensibilidad política, en vez de aceptar la renuncia del organizador, lo perdonó y lo conminó a seguir adelante. Fue una oportunidad de oro para demostrar enjundia y capacidad de decisión, la dejó pasar, lamentablemente para ella, felizmente para el país, pues a ese paso su derrota se percibe inminente. Chepina seguiría saqueando al país para mantener a flote a la clase política, sus correligionarios, por supuesto, sus colaboradores y por inercia a legisladores y gobernadores de otros partidos. Probablemente baje de intensidad la guerra contra el narco, pero no la desaparecerá, no porque obedezca a Fecal, de quien no fue ni es candidata, tampoco porque sea una política partidaria, sino porque los amos de Fecal pasarán a ser sus amos y ahí no hay para donde hacerse. Desde luego, la globalización impuesta por la usurocracia mundial seguiría su marcha victoriosa, Chepina continuará alimentando la sed de dinero de la clase política y de la burocracia oficial; no bajará sueldos, sino que los incrementará, por lo tanto el gasto corriente seguirá siendo una carga muy pesada para el país. Chepina no tiene los tamaños necesarios para ser émula de la Kirchner o de la presidente del Brasil, ni los tamaños, ni la inteligencia, ni el talento, ni el patriotismo necesario para ello. Muchísimo menos podría competir con Hugo Chávez o Evo Morales en su lucha por la soberanía, dignidad y rescate económico de su país. Impensable. Cuando el Jolopo andaba en campaña por el puerto de Veracruz, un día se trepó en un elefante y paseó sobre su lomo en algunas calles; tal hecho prefiguró su frivolidad; ahora Chepina llegó en motocicleta a registrarse como candidato oficial. ¡Que el Papa nazi nos salve de semejante amenaza! Chepina es un peligro para México.

En su carrera por la Presidencia, comenzada desde la gubernatura del Estado de México, festinada por Televisa y algunos diarios comprados, Peña Nieto ha dicho ya lo necesario para dejar a la vista de todos su ideario político y administrativo. Abrirá Pemex a la IP de todo el mundo; esto es, su política económica será el neoliberalismo y la globalización su emblema. O sea, proseguirá el neoliberalismo de Fecal. El PRI volverá a sus prácticas corruptas de costumbre, no las ha abandonado porque en los estados ha tenido un campo muy propicio para ejercitarlas con pleno uso del poder. Por supuesto, no perseguirá a Zedillo, Fox ni Fecal, borrón y cuenta nueva como es la costumbre en el PRI; como es fatuo, ignorante y apátrida, su reinado será muy parecido al del Jolopo. Ya ha dicho que seguirá el ejército combatiendo al narco, sólo le dará una revolcadita a la gata. Su discurso sobre Pemex es idéntico al de Chepina: abrirá Pemex a la IP, pero regulando y vigilando...para su santo. De llegar cualquiera de los dos, los días de Pemex estarán contados, no cumplirán con el control ni con los topes prometidos.

Televisa será su socia y seguirá acaparando todas las concesiones que se le antojen. El duopolio Televisa-Azteca seguirá configurando la idiosincrasia del mexicano sin tasa ni medida. La oligarquía concentrará más riqueza y los pobres aumentarán. El Gavioto Copetudo no bajará los sueldos ni reducirá el gasto corriente, por lo tanto seguirá exprimiendo hasta la última gota del petróleo de Pemex. El país en sus manos seguirá rumbo al despeñadero. Peña Nieto es un peligro para México.

En estos seis años últimos, el Peje ha aprendido el significado de la palabra humildad. Ya no es tan soberbio, ya no comete tantos errores de vanidad. El Peje ha prometido metas difíciles de cumplir, no por falta de ganas, sino porque la oligarquía local y la usurocracia internacional harán lo posible para que no cumpla.

Por ejemplo, ha prometido rescatar a Pemex. En ese plan incluye no quedarse con el total de las ganancias, no celebrar tantos contratos con la IP, construir más refinerías, no regalar el gas, frenar al sindicato corrupto, frenar el aparato burocrático corrupto que tanto daña a la paraestatal. ¿Podrá? Es tarea para Hércules.

Ha prometido bajar el gasto corriente para ya no sangrar a Pemex. Los diputados de su oposición no permitirán que les quite una sola de las prebendas de que gozan, no permitirán que les baje un centavo de los elevadísimos ingresos que tienen. Se opondrán a todas sus iniciativas. Si el Peje no gana la mayoría en las dos cámaras legislativas, durante tres años estará atado de pies y manos. Si no gana la mayoría en la segunda elección legislativa tendrá que negociar lo inconfesable para lograr un resultado mediocre.

Y no será que el Peje no quiera cumplir sus promesas de campaña o su proyecto de nación: los intereses creados son más fuertes de lo que aparentan. Hasta pedirán su dimisión. El Peje es un peligro para la oligarquía mexicana.

La pelea final será entre el Peje y el Gavioto Copetudo. La incompetencia de Chepina quedó ampliamente demostrada en el primer seudo debate. ¿Quién ganará? La campaña formal ni siquiera ha empezado, difícil hacer vaticinios.

Un pronóstico seguro sí puedo hacer: la Selección mexicana de futbol ganará la Copa Mundial en el año de 2050. Hasta tengo una novela escrita donde eso sucede.

Yo votaré por el Peje.

LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS

CGC: Déjame hacerte, si te parece bien, unas preguntas finales. ¿Qué te gusta más de la vida y que más has apreciado de ella? ¿Cuáles son tus más grandes deseos? ¿Qué más piensas escribir, cuáles son tus siguientes proyectos?

Martré: Creo que puedo hablar en pasado de mi vida , puesto que, como dice el tango, de mi vida, muchachos que se va; porque según pasan las semanas, voy sintiendo disminuido mi vigor físico, todo me cansa y este estado físico concuerda con los pronósticos médicos, mi corazón, deteriorado, se detendrá un día de estos. Por lo pronto, un suceso extraordinario e inesperado, recibí el 30 de marzo el premio hidalguense al mérito artístico dotado con cien mil pesos y publicación de un libro que será uno de cuentos infantiles dedicados a la niñez de Hidalgo, y que ya tenía listo desde hace siete años; terminé mi Antología personal de cuentos y relatos de Ciencia Ficción y Fantasía estoy por entregarlo al editor; tenía planeado también un viaje a Tabasco para asistir al 95 cumpleaños de mi ex suegra, aprovechando que mis hijos irían, pero desistí porque no me siento capaz de realizar un viaje tan largo y de soportar el calor tremendo que hace allá en el mes de abril, el mes más caluroso del año por esas latitudes, 45º a la sombra, día y noche. ¿ Y si me enfermo?, serían problemas para mis hijos, les aguaría sus vacaciones, mejor no menearle.

Así que, comencemos:

¿Qué me gustó de la vida?

En primer lugar, las mujeres bonitas, indiscutiblemente. Desde niño mi atención se fijaba en las niñas bonitas, de preferencia güeras. Las feas, simplemente no existían. Pero esa inclinación desmesurada hacia la belleza femenina tuvo un costo que pagué caro durante toda mi adolescencia y primera parte de mi juventud. Recuerdo a Ofelia, novia que fue al cursar yo el 6º año de primaria en el pueblo de Jasso, Hgo., y a quien le decían “La Payasa” porque comenzando apenas su adolescencia se pintaba a veces los labios y se ponía algo de colorete en las mejillas. Yo era menor un año que ella, o sea, yo era niño aún. Pero de que me gustaba, sin duda alguna. Ese noviazgo infantil se truncó porque la vida nos separó: al terminar el año escolar su familia se la llevó a residir al DF y a mí mi madre me llevó a Tula.

No volví a tener novia durante el año que viví en Tula, ni durante la Secundaria ni durante la Preparatoria ni durante la carrera en Ciencias Químicas. No por falta de ganas, de sobra las tenía, pero mi veneración a la belleza femenina me conducía al rechazo sistemático de las bellas porque, siempre pretendía a chicas muy bonitas y yo, pobre, mal vestido, mal comido (muy flaco) no tenía ni para pagarles el camión que entonces valía diez centavos el pasaje. Recibí el desdén de todas las chicas guapas que pretendí, pobres y ricas. Y, como las feas no me atraían, pues me quedé sin novia todos esos años. Esos fracasos concatenados están relatados en la trilogía de El Chanfalla, en donde algunas veces soy Héctor González, amigo del Chanfalla y otras el Chanfalla mismo. Ahí están ellas, con sus nombres propios y sus señas de identidad. Las perdí de vista a todas, deben de ser ancianas de 80 años si es que no han muerto.

Mi persistencia tuvo su recompensa. Llegué de visita a Tabasco en 1954 y me alojé en casa del hermano de un amigo mío. Este hombre, de nombre Julio Sarti, me mostró a una chiquita excepcionalmente bella que vivía a una cuadra de su casa. Pero tenía 17 años y yo, 27, preferí buscar otra más grandecita ya que si algo abundaba en Villahermosa eran las chicas bonitas. Mi primera novia fue Violeta González Velueta, estudiante de la Preparatoria, con 18 años cumplidos. Muy guapa. ¡Al fin supe lo que era tener una novia bonita! Yo quería casarme con ella, pero ella quería terminar la Prepa y luego estudiar la carrera de Leyes. No nos pusimos de acuerdo, pero habían más. Siguió en fila Esperanza Sastré, bonita, dispuesta al casorio pero muy chaparrita. Yo chaparro y ella más bajita que yo, pensé, vamos a tener enanos para el circo. Y puse mis ojos en Leticia Madrazo, prima de Roberto Madrazo, el político. Pero el mismo problema de la edad, ésta tenía 16 años, ¿acaso iba a poner kínder? Entonces discurrí regresar al año siguiente.

Un año más tarde regresé ya de planta a Villahermosa pues era yo Jefe Químico del Ingenio Dos Patrias, ubicado no lejos de ahí. En un año las dos jovencitas eran ya mujeres bien plantadas. Dediqué mis atenciones a quien tenía más cerca, a la amiguita de la esposa de Julio. Lilí, que así se llamaba la mujer de Julio, me presentó a su vecina Yuya y me la puso en suerte. Yo ataqué con todas mis ansias contenidas por años de hambre romántica y fui correspondido. Me casé con ella, la chica más guapa de todo Tabasco, pero muy pobre. Y duramos juntos 30 años: 20 de luna de miel, 5 de desapego y 5 de desavenencias.

Ella se divorció de mí. Durante 5 años quedé soltero, tuve varias amantes bonitas, no me duraban mucho porque yo no quería compromisos largos y serios. Hasta que encontré a la Chelita, una ex alumna de la Prepa donde fui maestro. ¡Otra belleza! La conocí de 21 años cuando ya tenía una bebita, duramos en total 12 años con largos intervalos en los que ella se casaba, tronaba con sus maridos y volvía a mí. Yo la recibía amorosamente, cómo no, era guapísima. Es mi amiga, una o dos veces al año nos reunimos para recordar tiempos pasados, pero desde hace 12 años hay, entre ella y yo, rescoldos de cariños apagados y nada de sexo. Es una mujer peligrosa.

Me casé con Lupiskaya, compañera de trabajo en la escuela. Tenía 35 años, de cara no fea, piernas como columnas dóricas y grupa cubana. En 21 años de matrimonio nunca he tenido una pelea seria con ella. Disgustos cotidianos por fruslerías, como toda pareja. Nos queremos bien, me cuida mucho en mi vejez. Le fui un año fiel, luego me enredé en algunas aventuras hasta que encontré a Electra cuando ella tenía 19 años y un bebé. Es una mujer más alta que yo y corpulenta sin llegar a obesa todavía. Duramos 8 años, como no podía mantenerla le busqué y encontré marido, se casó y enviudó a los dos años y medio, heredando su pensión de diez salarios mínimos. Proseguimos el romance hasta que ya no pude más. La última vez que fuimos a la cama fue en el 2010, si bien mi libido funcionaba bien mentalmente, la aplicación física dejó mucho que desear. No nos despedimos, quedamos en que seguiríamos amigos, pero esa amistad se ha ido enfriando con rapidez, ahora la veo muy esporádicamente. De mi romance con ella escribí una novela que se halla inédita. A Chelita la escogí como modelo para un personaje de dos de mis novelas policiales. A Martha Llosa como personaje de un cuento y de una novela. Así pago mis deudas de amor. A Electra la quise, pero no tanto como para dejar a Lupiskaya, porque a Lupiskaya no he dejado de quererla, Electra no enfrió mi amor por ella, por eso nunca sospechó de mis devaneos. Tuve suerte, mis dos esposas carecen de eso que las mujeres llaman “un sexto sentido” para detectar las infidelidades de su pareja. Por eso es que duré 30 años con la primera y más de 20 con la segunda. Tercera esposa no habrá.

Para concluir, lo que más me gustó de la vida fue las mujeres muy bonitas. Lo que más aprecié fue el poder haber tenido amores duraderos con dos muy, pero muy bonitas y una tercera no tanto pero con quien me entendí a las mil maravillas.

En segundo lugar, me gustó mucho escribir. Lo que más aprecié de esto fue mi novela El címbalo de oro, pero la que resultó emblemática fue Los símbolos transparentes y donde puse gran parte de mi vida fue en la trilogía de El Chanfalla.

Hay más cosas dignas de considerar, desde luego, la música clásica, la popular en tanto buena. El baile durante muchos años. Antes de casarme por primera vez yo era un buen bailarín. Resultó que mi esposa estaba negada para el baile, entonces renuncié a seguir bailando. La quise más que al baile.

Pasemos a la siguiente pregunta: ¿Cuáles son mis más grandes deseos?
Esta pregunta es asombrosamente sencilla de contestar: ser leído dentro de 200 años. Figurar como uno de los escritores fundamentales de México, al menos. No ignoro que fuera de la República de las Letras, donde soy bien conocido por mi sátira, en Cuautitlán no me conocen. Sin embargo, tengo la absoluta certeza de que seré leído muy bien en el futuro. Muchos otros artistas han sufrido la misma postergación en vida. Por eso, lo que a mí me sucede hoy no me acongoja ni me hace la vida triste. Me tiene sin cuidado.

¿Qué más pienso escribir?

Como según los cardiólogos que he consultado el pronóstico de vida futura para mí es indefinible puesto que bien puedo caer muerto de un paro cardiaco al rato que dentro de un año quizá y difícilmente más, no es razonable ponerme a escribir una novela que al menos me llevaría un año. Por lo tanto estoy escribiendo cuentos, sin prisas; así, si felpo pronto dejaría inconcluso un cuento, al máximo dos y de ese modo quizá pueda reunir un último tomo de cuentos para ser publicados póstumamente. Por lo pronto ya tengo cinco.

Guardo tres novelas inéditas, buscar el modo de publicarlas será un buen entretenimiento. Está en vías de hecho Plutonio en la sangre, novela de terrorismo nuclear, muy incómoda para las buenas conciencias. Tal vez le siga la Antología personal de CF; podría ser también este año en tercer lugar Los 4 cartuchos quemados, novela de amores seniles, y se aca, porque quedaría pendiente El día en que México ganó el Mundial, novela de CF cuya aparición idónea sería en el 2014, cuando con certeza ya habré emprendido el último viaje. Tengo reservación y pase de abordar.

Por lo mismo, no puedo emprender grandes proyectos. Como recibí el dinero del Premio al Mérito Artístico del Estado de Hidalgo, podría pensar en viajes. ¡Nada de viajes! Porque cabe muy bien la posibilidad de quedar varado en cualquier ciudad extraña con las consiguientes molestias para mi familia y gastos para trasladar el fiambre. Dentro del país quizá y no muy lejos.

Tampoco puedo pensar en una tour gastronómica por los mejores restaurantes de la Ciudad de México, nunca fui sibarita, en casa como bien, si acaso comer mejor pero en casa. No soy apasionado de los vinos de grandes marcas.

Aún puedo beber alcohol. Quemo de todo, pero en cantidades muy limitadas. Un trago diario, dos en las fiestas.

Y en cuanto a mujeres, la naturaleza ya cobró sus dividendos y me limito a la mía, esporádicamente y corriendo grandes riesgos de quedarme en la suerte. Eso no me impide “el taco de ojo”, de lejecitos.

CGC:¿Qué pasa con las mujeres bonitas? Tienen una gracia especial para detonar el talento, no lo sé. Cómo deben ser las mujeres bonitas, cuáles son para ti sus características, ¿qué te han hecho para que sean lo mejor de la vida y cómo han estimulado tu quehacer existencial?

Martré: ¿Qué pasa con las mujeres bonitas? Lo que sucede es que veo una bonita y se me voltean los ojos del revés. No es tanto el “andar luciéndolas”, si no son corbatas. Al paso del tiempo se acostumbra uno a tener una bonita en casa (o a disponibilidad) y el gusto mayor fue ese para mí precisamente, tenerlas en casa, verlas, platicar con ellas, vestirlas y desvestirlas. Es una satisfacción muy profunda que el ego agradece pero finalmente también se convierte en rutina. Ninguna de ellas tuvo que ver con mis habilidades de escritor. Mi oficio de escritor siempre estuvo separado de ellas por la sencilla razón de que no leían: Yuya sí leía, ponía afán en entender lo mío que leía, pero no podía discutir con ella de lo leído, porque no tenía retentiva y tampoco sabía interpretar. Otras eran sus cualidades por las que tanto la quise. Su belleza, en primer término. Las otras, Chela, Electra, etcétera no leían nada, de modo que un análisis de mis cuentos o novelas con ellas era imposible. Martha Llosa, la menos agraciada de aquellas con las cuales tuve una relación larga, sí leía, sí entendía y con ella sí se podía hablar de mis libros. Pero duramos tres años nada más. En lo que concierne a Lupiskaya, fuera de sus libros de medicina no lee nada. Absolutamente nada. Supe dividir mi vida en dos: mi relación con aquellas mujeres con las cuales conviví nada tenía que ver con mi quehacer literario. Dos mundos. Uno muy separado del otro.

Yo viví muy contento teniendo a mi lado mujeres bellas. Ellas nada tuvieron que ver con mi quehacer literario. Pero únicamente para recordarlas las hice personajes en algún cuento o alguna novela. Una especie de pago en gratitud por haber sido mis compañeras de la vida cotidiana. Con Yuya un ajuste de cuentas. Y nada más.

CGC: ¡Te ponen los ojos al revés! Eso para muchos es la inspiración. Las necesitas para inspirarte, tal vez. ¿En qué te inspiras para escribir? ¿Cómo te llegó la inspiración en algunas de tus obras. Aunque algo de esto cuentas en tu Antología personal. Tal vez sea, por lo pronto, la última de mis preguntas. Te agradezco muchísimo cada una de tus respuestas.

Martré: No necesito a las mujeres bonitas para inspirarme. Como ya te dije, las mujeres bonitas me han hecho sentir bien en la vida, pero no están ligadas para nada a lo que escribo. Cito algunas, hasta las tomo como personajes en ocasiones, pero por puro agradecimiento, porque pasé a su lado momentos muy gratos.

¿Qué me inspira? Una nota periodística, una anécdota contada por un amigo, algún pasaje de mi propia vida. La fantasía, la imaginación. Lo que escribo brota de mi mente, no de mi corazón. Es puro ejercicio del intelecto sin que ello quiera decir que soy un intelectual. No lo soy, en el sentido que se le da a un pensador tipo Monsi, tipo Fuentes o algo similar. Soy narrador, eso sí, un narrador intuitivo, genuino, que jamás ha tenido problema con la “página en blanco”. Yo me siento frente al teclado y los cuentos, las novelas comienzan a fluir. Antes, cuando gozaba de buena salud, me hacía esclavo del teclado y pasaba horas escribiendo sin parar que ya después venía la penosa pero indispensable tarea de corregir. El teclado me fascina, me atrapa, las palabras corren en el papel una tras de otra. No puedo detenerme sino hasta que el cansancio me vence. Así era antes, ahora mis sesiones frente al teclado son cortas. Debo detenerme pues la fatiga me doblega. Pero eso no me corta el hilo. Veo la página, miro en donde me quedé y las ideas ahí van atropellándose otra vez sin perder continuidad.

Ciudad de México
Enero-abril de 2012