jueves, 4 de julio de 2013

A propósito de Hugo Hiriart, sobre el ensayo



Por Arturo Alvar


En el libro El arte de perdurar, de Hugo Hiriart, la posteridad está planteada como necesidad. La creación es el alimento de lo perdurable, en un mundo donde poco se queda de nosotros y tenemos el deseo de que nuestras vidas, a decir del escritor, se justifiquen. De antemano, anticipa su diagnóstico respecto a dos obras literarias. La del escritor mexicano Alfonso Reyes ―cuya obra se encuentra condenada en el olvido― confrontada con la de Jorge Luis Borges, en un versus que no deja de ser interesante.

De inmediato recuerdo las consideraciones de Jorge Luis Borges hacia a la prosa de Alfonso Reyes. Dijo Borges que Reyes era el mejor prosista de nuestra lengua, de éste y del otro lado del continente, refiriéndose a España. No es poca cosa que Borges, escritor argentino y nacionalizado suizo ―valorado por Harold Bloom dentro del canon occidental―, declare tamaño elogio. Pero quizá, con lo que menciona Hiriart, el elogio sólo sea la amable interpretación de un juicio más severo, puesto que si se refiere Borges específicamente a la prosa de Reyes y no a su obra, frente a la eternidad, el elogio se convierte en condena, donde habita el afán de trascendencia. Este hombre llamado Borges, entonces, ciego con el transcurso final de sus días, vio a través del aleph cómo todos los libros de Alfonso Reyes se encontraban cerrados, perdidos entre polvaredas de humo y silencio. Sólo entonces dijo que era un excelente prosista.

Si no me equivoco, la declaración de Jorge Luis Borges sobre la prosa Alfonso Reyes no la escribió de puño y letra, sino que la hizo en una entrevista, de manera verbal, quizá cuando vino a México o en España, donde se cumplen ciertas cordialidades con el país que invita. También puede ser que la haya leído en alguna carta. En fin, es tentador buscar en google esa frase tan conocida, pero mejor dejarlo así. Lo que se muestra de inmediato al discurrir sobre la cuestión planteada por Hugo Hiriart, es la necesidad de pensar en los puntos críticos que argumenta sobre la perduración del arte como arte. La crítica sería entonces, un prejuicio que busca su desmentido, incesante y vehemente; no sólo un gesto apreciado intelectualmente, sino práctica perdurable.

Hugo Hiriart se mete en temas escabrosos cuando se pone a decir qué no es ensayo. Lo que logra es provocar y detenernos a leer con mayor inquisición sobre sus páginas. El arte de perdurar irrita en el ego, porque toca el trasfondo del imperativo creador. Los géneros a los que disputa Hiriart el territorio del ensayo, son el cuento, la crónica y el cine. Me voy a detener en esto para terminar con mis comentarios sobre las páginas iniciales de una vigorosa disertación sobre la perduración en el arte ―casi tratado de lo sublime―.

Escribe Hiriart al principio de su ensayo que el ensayo todo lo admite ¿por qué luego entonces la necesidad de distinguir qué no es ensayo? Quizá porque ahí donde creemos que Hiriart va a categorizar, simplemente esboza territorios y los mapas para su exploración, aspectos de la escritura que son particulares y que no pueden volverse categorías, a menos que caigan en el imperativo universal, muy lejos de lo cotidiano e irreverente del discurrir ensayístico. Pero el ensayo en estricto sentido, no es filosofía, cualquier axiología es extra-territorial a su discurso. Entonces no lo admite todo, sino una crítica a todo, incluso a sí mismo como ensayo. Un género contradictorio, moderno por antonomasia.

Es cuestionable que Hugo Hiriart pondere la distinción entre ensayo y cuento a partir de un criterio que adjetiva como "sano". ¿Qué diría Baudelaire si lo desinfectaran de su virulencia crítica, respecto a este criterio sanitario? Tantas expresiones "insanas" que tiene en el ensayo como género, que considero forzada esta asignación, acaso superflua. Empero, me provoca sin mayor requisición que una fuga de ideas, lo cual parece ser el objetivo y me siento aún cuestionado por el ensayo de Hiriart cuando, más allá de su autor, parece contestar: "pues haz algo mejor que esto". Ocurre entonces una interpelación entre lectores, los verdaderos personajes imaginarios. Cómo leemos la trascendencia, esa es otra pregunta.

Mientras que el ensayo, afirma Hiriart, no precisa de la verosimilitud, el cuento encuentra en este efecto ―que es posible llamar estético o narrativo― una exigencia que ni la realidad tiene o busca. Sostiene su argumento con la endeble tesis de que en el ensayo como género no se narran acciones humanas. Volvamos al punto ¿entonces no caben las acciones humanas en el ensayo, al menos éstas no se narran? ¿Cómo es posible que transcurra una historia sin acciones? Creo que esto no es posible en una realidad en que hasta el pensamiento y el lenguaje están hechos con obras, verbos, palabras y acciones. Demasiado intelectualizado resulta Hiriart cuando ve en el ensayo como género universal sólo el drama de las ideas. Sin embargo, resulta tentador poner a prueba los postulados del autor.

En todo caso, con el ejemplo que pone Hiriart de Davenport, resulta que sí es posible que en el ensayo se narren acciones humanas, así como en el cuento es posible aplicar el mecanismo ensayístico, sólo que ambas operaciones tienen el riesgo de aburrir a los lectores. Por tanto, no es el ensayo como género en sí mismo limitado, sino los autores que han aplicado la técnica de forma fallida. ¿Pero qué no es el ensayo sino una tentativa de acierto y error? Por eso se precisa tanto del estilo, pues no es sólo lo que escribes, sino cómo lo escribes. En este sentido, Hiriart sale bien librado de las trampas que tiende el intelecto sobre temas que han sido tabú, como el afán de trascendencia, aún a costa de la propia vida. Toma riesgos y eso es destacable.

Dentro de sus consideraciones sobre la novela, casi como un arca de Noé ―es decir, donde cabe todo, incluyendo el ensayo: el vientre de la ballena puede comerse al mundo―,  habla sobre una novela que leí hace tiempo, La montaña mágica de Thomas Mann. Cuando la leí me pareció que podía ser un buen ensayo, precisamente coincidiendo ahora con Hugo Hiriart, al leerlo como la situación en Europa. Con la guerra, enfermo el personaje se refugia en las alturas, es decir, en la alta cultura de su soledad. Sólo ahí puede recuperarse de la devastación, de la barbarie y el peso de la culpa de un pueblo letrado, poblado con filósofos y sin embargo, aquello que hizo a los alemanes no mirar por las ventanas del tren de Berlín y de otras ciudades del país por años y años, lo que los hacía perfectamente distinguibles de los turistas, como cuenta Juan Villoro en un ensayo sobre la Ciudad de México, no debe ser soslayado. Un ensayo infecto de perspectiva sociológica que, por cierto, para polemizar con Hiriart, se encuentra infestado de referencias literarias, pero también de narraciones con acciones humanas, por ejemplo, los cinco millones de zombis que salen del metro frente a los cinco millones que histéricos circulan en su auto diariamente, en su pequeño mundo a la merced del tráfico.

Hugo Hiriart sigue, en tanto, prescribiendo, ahora respecto a la crónica. Dice que no hay que confundirlos: "Crónica es la acción de un suceso real. Ensayo es el discurrir racional sobre un tema dado". Sin embargo, considero que no hay estado puro, sino mezclas muy evidentes en la literatura. Se puede decir, en la misma medida, que si se quiere atrapar al lector, habría que confundir la crónica hasta el ensayo y viceversa. No entropía, sino desarrollo de una nueva sensibilidad y un gusto propios, transformadores en la medida de que se les considere aspectos impuros de la literatura, sin la fécula de lo racional y equilibrado de por medio. Quizá la resolución mayor de esta impureza, está en el cine. Al respecto, Hiriart puntualiza que "los ensayos en el cine son muy frecuentes, se llaman documentales".

Aquí aterriza la posibilidad de que distintos géneros como el cuento, la crónica y el ensayo, desemboquen en la realización del cine documental. No hay que olvidar que el soporte de esta realización también es escritural. En este sentido, el guión (cinematográfico y documental) ha tomado mayor relevancia (al menos está mejor cotizado dentro del mercado), al punto que se puede vivir de guionista y al mismo tiempo ser un novelista frustrado en Nueva York, como lo expuso Woody Allen recientemente en una película. Sin embargo, el guión no es el documental, sino su proyecto narrativo de realización. Así como el ensayo muestra a veces los andamios con los que pretende erigir una idea, el guión del documental muestra el camino que ha de seguir éste, sin manipulación sobre la realidad, pero tampoco negando sus posibilidades creativas.

La posibilidad de que el género ensayístico se exprese en los documentales y su mezcla con la crónica y con las acciones humanas propias de la narración, se concretan cuando vemos que en el documental se requiere además de entrevistas, contextualizar con las acciones de investigación de los documentalistas, expuestas para mostrar a un espectador (emancipado como lector de acuerdo a lo planteado por Hiriart) cuáles son las circunstancias en torno a la construcción de una verdad, es decir, está la noción de verosimilitud, pero a esto no se puede negar que el documental utilice dramatizaciones o ficciones si son para ilustrar, sin engaños al público, los mecanismos de control de una versión de la realidad, histórica, social o literaria. Por eso el género documental es un instrumento de denuncia y protesta, propio de los movimientos sociales.

Hace poco asistí a un congreso de literatura en Xalapa y un colega, Alejandro Piña, de la Universidad de Guadalajara, expuso a propósito del ensayo en el cine, que estamos inmersos en un logocentrismo y que el género parece sólo hablar de lo literario, precisamente como una refutación a Hugo Hiriart, ahora lo pienso, señaló que también el código textual puede apropiarse de los medios de comunicación que otorga el cine y en este caso, el documental puede brindar las herramientas a los ensayistas que sólo admiten la discusión intelectual, logocéntrica, como el criterio necesario para ensayar, cuando muchas veces hay que hablar desde otros territorios, con un criterio más abierto, es decir, no regresar a una zona de confort si nos vemos asediados por las preguntas de un ensayo que, además de escenificar el drama de las ideas, ponga en movimiento imágenes de insurrección.

El ensayo, en este sentido, lo imagino como un estado alterado de la conciencia, pues como dice Benjamin, no hay droga mejor que el pensamiento, pero no un pensamiento fijo, sino la cinética, el movimiento que provoca la sombra del fuego sobre las piedras, entrar a la cueva de las pinturas rupestres, que danzan de pronto como al principio, junto con sus creadores, cuando estaba prohibido nombrar la noche. Ya lo dice el propio Hugo Hiriart, es monstruosa la pregunta de Leibntz ¿Por qué hay algo en vez de nada? La vanguardia respondió con alarde: porque el arte existe, porque el arte sucede. Pero esto no tiene nada que ver con el alarde, sino precisamente con la trascendencia: cómo llegar a existir después de uno mismo. Mejor concluyo con un verso de Tomás Segovia: "hasta que la poesía quede ya sin mí".



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