viernes, 19 de octubre de 2012
viernes, 5 de octubre de 2012
miércoles, 26 de septiembre de 2012
La malicia poética de Adriana Tafoya
Después de revisar más de veinte artículos
relacionados con los estudios de género ―para conformar el dossier del
número ocho de la revista Sapiencia―, me encontré con una teoría
excéntrica, el supuesto surgimiento de un nuevo “macho alfa”. No estoy
de acuerdo con la idea de que haya un “imperativo” para ser
heterosexual, aunque la idea sea interesante ―sobre todo en poesía,
cuando a veces el imperativo ha sido ser homosexual―. Reflexiones sobre
lo transgénero se perfilan también como moda académica o tema
predilecto para licenciarse. Por eso siempre regreso a la poesía, no
porque ella responda todos los paradigmas, sino porque desde ahí
encuentro una libertad que subyace a la apariencia, lo que da potencia
para reformular las preguntas mismas.
Robert Graves en su libro La diosa blanca, reescribe el mito donde el sacerdote (como arquetipo) se alía con el sol (como símbolo) y se separa del poeta, quien a pesar del imperio solar, sigue cantándole a la luna, a través de los tiempos, aliándose con el misterio último. Esto lo sabe Adriana Tafoya, autora de El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos cuando escribe sobre el canon de la poesía femenina. Estas figuras siguen vigentes en la tradición, por eso tenemos la certeza de que la luna es un espejo más. No es un cuerpo vivo, sólo el reflejo de una luz espectral.
En este sentido, si Rosario Castellanos lanzaba su corazón “para romper en mil pedazos el espejo del mundo y contemplar mil veces el rostro de mi culpa”, Adriana Tafoya está dispuesta a cometer “pecados inmortales” como escribe Enrique González Rojo (un epígrafe del libro). Aquí en la tierra como en el cielo, sin culpas ni persignaciones, Tafoya lanza sus poemas, algunos ya publicados, engarzados con otros inéditos. Lo “malicioso” le viene a dar cuerpo al poemario, no sólo para romper el espejo narciso, sino para romper la transparencia del vaso ― el de la tradición poética, dominante― dejando un verbo de pleamares, donde el agua queda turbulenta. Adriana Tafoya no se contiene, va más allá de la contemplación gravitatoria en torno al Círculo, culto falaz del emblema solar que termina por desmembrar. De esta manera, abre con violencia la herida de la realidad y escribe: “donde trueno diez veces el cristal del vaso”.
La poesía de Tafoya incide con un golpe certero a las cabezas de los que viven sin pensar. Su mirada punzante agarra parejo, tanto hombres como mujeres y el ideario femenino adherente a los códigos patriarcales es destruido, al menos con las palabras. “Para eso son las heridas”, escribe: “para que la arrogancia sangre”, aunque en otro poema afirme que “la palabra sólo rasguña” ante el sonido que “es el golpe de la violencia de las cosas”.
En Animales Seniles, una serie de poemas contenidos en el libro, aparecen “mujeres sin fin”… “con la virginidad que la vejez otorga”. El verbo de Adriana es copular, eyaculatorio. Escenas fetichizadas donde se entrelaza lo grotesco con lo delicado; el placer con la degradación de los cuerpos. En este sentido, una escatología no se plantea sólo en términos del asco y buen gusto, es decir, frente a un esteticismo formal, sino que va más allá al plantear una dimensión poética, donde la degradación no sólo es corpórea sino moral: la náusea ante el oprobio, donde, sin embargo, es en “los senos insípidos y el vientre estrangulado” de esas mujeres, donde tiene lugar el erotismo:
“Las he tomado por la boca/ Las he anudado una a una/ Con esas cuerdas de los filos más cortantes/ para abrirles los pétalos/ para comer el sabor a libro viejo/ que se desprende del aliento de sus sexos”. Hay algo de sabiduría lúbrica en esos cuerpos lánguidos que se sacuden con el estremecimiento de lo prohibido, la transgresión sexual donde Adriana Tafoya nos advierte que las apariencias engañan, sobre todo cuando hay un canon imperante.
Con un epígrafe de Óscar Escoffié al principio del libro, advierte la poeta que: “Suele ocurrir una equivocación trágica entre los hombres: asociar lo feo a lo maligno y la hermosura a lo bueno”. Ahí la contestación al canon masculino su asociación maniquea de la belleza, junto con todos los actos que externan esas percepciones. Es en el poema Diálogos con la maldad de un hombre bueno donde la poesía de Tafoya adquiere un tono satírico, apuntando su flecha a las costumbres del poder, (oportunismo y exceso), rozando inevitablemente los límites de una poesía social, crítica, que ha tenido como sus mejores armas el dicho popular, la ironía, el sarcasmo y el humor negro.
¿Qué sentido tiene ejercer esta violencia verbal? El poemario abre heridas para que salga la ponzoña humana y quede la música, que “traza con violentos pincelazos” el “compás erótico” de un hombre “desnudo en un sillón”. La malicia femenina pone trampas. En los ojos de este hombre está “la luz negra que nos alumbra”. En ellos se ve hasta el color de la tanga que le gusta. Y ella lo sabe, pero “es indiferente/ al cadáver de una mosca” mientras afuera hay otro hombre, podrido de amor, al que no le queda más destino que buscar otro tacto, porque “después de todo/ siempre hay otras mujeres”.
El poemario en general se mantiene lúcido ante lo sensorial y transgresor en las concepciones dualistas belleza/bondad, maldad/fealdad. La poesía es un desafío cuando mujeres como Carmen se desnudan y se entregan a la pasarela, donde “la gravedad no existe para su carne” mientras “un hombre de ideas encanecidas” gasta hasta el último centavo de su tristeza en ella; cuando la madre incestuosa le pide al hijo aprender de la robustez de su cuerpo, como se entra en la vastedad sabia de la poesía; como Susana “con la canasta seca de las frutas” que tiene miedo de ser violada y ya “presiente rostros oscuros y añejados” donde “un racimo de testículo le rellena la boca”.
Los hombres son ancianos “con verrugas hinchadas de malicia”; un travesti que hubiera querido nacer cisne “y en la medida que es más fémino/ es más vulnerable a ser violentado” El poema que da título al libro, El matamoscas de Lesbia, hace referencia a la musa acosada por los besos de Catulo. Como si fueran moscas, la voz espanta los besos de su amado, en versus sexual, aunque no se molesta cuando al final logra penetrar en su “sexo oscuro”, porque sabe que él tiene hambre. Aunque en otro momento, incluso se pregunta: “¿qué da más dicha que la estremecida/ sensación del beso?”. La poeta traspasa nuestros sentidos y pasiones, pues también somos esos hombres que versa, escudriña y condena.
Lector a quien es dedicado este libro, sin saberlo: Si buscan ternura mejor recurran a su madre, pues no encontrarán en Adriana Tafoya brazos que arrullen, sino el mar, porque “el mar es la muerte”, escribe: “pensar en su hechura da miedo, porque la muerte todo el tiempo fue agua y el agua todo el tiempo ha sido cielo”. Para los que no tienen madre, encontrarás en la malicia de sus versos un alivio ante el desamparo de la soledad. Si sólo el lector está insolado, los versos de este poemario le harán copular con palabras más oscuras, eclipsadas, de las que nunca saldrá ileso. Sólo el cielo jamás podrá salir herido. Para Adriana, todos los pájaros ―los poetas―, podrán ser derribados: “con los truenos de un rojo y pequeño revolver…Y no será sangre/ lo que salpique a las manos/, sino un azul terrible inmenso”.
Éste es un poemario con un paisaje de pincelazos violentos, heridas que dejan turbio el vaso, con muchísimos instantes, como debe ser cuando la poesía no es sólo una piedra más en el camino, o un perro sarnoso ladrándole a la luna, sino una mosca con terciopelo negro y caja resonante.
Robert Graves en su libro La diosa blanca, reescribe el mito donde el sacerdote (como arquetipo) se alía con el sol (como símbolo) y se separa del poeta, quien a pesar del imperio solar, sigue cantándole a la luna, a través de los tiempos, aliándose con el misterio último. Esto lo sabe Adriana Tafoya, autora de El matamoscas de Lesbia y otros poemas maliciosos cuando escribe sobre el canon de la poesía femenina. Estas figuras siguen vigentes en la tradición, por eso tenemos la certeza de que la luna es un espejo más. No es un cuerpo vivo, sólo el reflejo de una luz espectral.
En este sentido, si Rosario Castellanos lanzaba su corazón “para romper en mil pedazos el espejo del mundo y contemplar mil veces el rostro de mi culpa”, Adriana Tafoya está dispuesta a cometer “pecados inmortales” como escribe Enrique González Rojo (un epígrafe del libro). Aquí en la tierra como en el cielo, sin culpas ni persignaciones, Tafoya lanza sus poemas, algunos ya publicados, engarzados con otros inéditos. Lo “malicioso” le viene a dar cuerpo al poemario, no sólo para romper el espejo narciso, sino para romper la transparencia del vaso ― el de la tradición poética, dominante― dejando un verbo de pleamares, donde el agua queda turbulenta. Adriana Tafoya no se contiene, va más allá de la contemplación gravitatoria en torno al Círculo, culto falaz del emblema solar que termina por desmembrar. De esta manera, abre con violencia la herida de la realidad y escribe: “donde trueno diez veces el cristal del vaso”.
La poesía de Tafoya incide con un golpe certero a las cabezas de los que viven sin pensar. Su mirada punzante agarra parejo, tanto hombres como mujeres y el ideario femenino adherente a los códigos patriarcales es destruido, al menos con las palabras. “Para eso son las heridas”, escribe: “para que la arrogancia sangre”, aunque en otro poema afirme que “la palabra sólo rasguña” ante el sonido que “es el golpe de la violencia de las cosas”.
En Animales Seniles, una serie de poemas contenidos en el libro, aparecen “mujeres sin fin”… “con la virginidad que la vejez otorga”. El verbo de Adriana es copular, eyaculatorio. Escenas fetichizadas donde se entrelaza lo grotesco con lo delicado; el placer con la degradación de los cuerpos. En este sentido, una escatología no se plantea sólo en términos del asco y buen gusto, es decir, frente a un esteticismo formal, sino que va más allá al plantear una dimensión poética, donde la degradación no sólo es corpórea sino moral: la náusea ante el oprobio, donde, sin embargo, es en “los senos insípidos y el vientre estrangulado” de esas mujeres, donde tiene lugar el erotismo:
“Las he tomado por la boca/ Las he anudado una a una/ Con esas cuerdas de los filos más cortantes/ para abrirles los pétalos/ para comer el sabor a libro viejo/ que se desprende del aliento de sus sexos”. Hay algo de sabiduría lúbrica en esos cuerpos lánguidos que se sacuden con el estremecimiento de lo prohibido, la transgresión sexual donde Adriana Tafoya nos advierte que las apariencias engañan, sobre todo cuando hay un canon imperante.
Con un epígrafe de Óscar Escoffié al principio del libro, advierte la poeta que: “Suele ocurrir una equivocación trágica entre los hombres: asociar lo feo a lo maligno y la hermosura a lo bueno”. Ahí la contestación al canon masculino su asociación maniquea de la belleza, junto con todos los actos que externan esas percepciones. Es en el poema Diálogos con la maldad de un hombre bueno donde la poesía de Tafoya adquiere un tono satírico, apuntando su flecha a las costumbres del poder, (oportunismo y exceso), rozando inevitablemente los límites de una poesía social, crítica, que ha tenido como sus mejores armas el dicho popular, la ironía, el sarcasmo y el humor negro.
¿Qué sentido tiene ejercer esta violencia verbal? El poemario abre heridas para que salga la ponzoña humana y quede la música, que “traza con violentos pincelazos” el “compás erótico” de un hombre “desnudo en un sillón”. La malicia femenina pone trampas. En los ojos de este hombre está “la luz negra que nos alumbra”. En ellos se ve hasta el color de la tanga que le gusta. Y ella lo sabe, pero “es indiferente/ al cadáver de una mosca” mientras afuera hay otro hombre, podrido de amor, al que no le queda más destino que buscar otro tacto, porque “después de todo/ siempre hay otras mujeres”.
El poemario en general se mantiene lúcido ante lo sensorial y transgresor en las concepciones dualistas belleza/bondad, maldad/fealdad. La poesía es un desafío cuando mujeres como Carmen se desnudan y se entregan a la pasarela, donde “la gravedad no existe para su carne” mientras “un hombre de ideas encanecidas” gasta hasta el último centavo de su tristeza en ella; cuando la madre incestuosa le pide al hijo aprender de la robustez de su cuerpo, como se entra en la vastedad sabia de la poesía; como Susana “con la canasta seca de las frutas” que tiene miedo de ser violada y ya “presiente rostros oscuros y añejados” donde “un racimo de testículo le rellena la boca”.
Los hombres son ancianos “con verrugas hinchadas de malicia”; un travesti que hubiera querido nacer cisne “y en la medida que es más fémino/ es más vulnerable a ser violentado” El poema que da título al libro, El matamoscas de Lesbia, hace referencia a la musa acosada por los besos de Catulo. Como si fueran moscas, la voz espanta los besos de su amado, en versus sexual, aunque no se molesta cuando al final logra penetrar en su “sexo oscuro”, porque sabe que él tiene hambre. Aunque en otro momento, incluso se pregunta: “¿qué da más dicha que la estremecida/ sensación del beso?”. La poeta traspasa nuestros sentidos y pasiones, pues también somos esos hombres que versa, escudriña y condena.
Lector a quien es dedicado este libro, sin saberlo: Si buscan ternura mejor recurran a su madre, pues no encontrarán en Adriana Tafoya brazos que arrullen, sino el mar, porque “el mar es la muerte”, escribe: “pensar en su hechura da miedo, porque la muerte todo el tiempo fue agua y el agua todo el tiempo ha sido cielo”. Para los que no tienen madre, encontrarás en la malicia de sus versos un alivio ante el desamparo de la soledad. Si sólo el lector está insolado, los versos de este poemario le harán copular con palabras más oscuras, eclipsadas, de las que nunca saldrá ileso. Sólo el cielo jamás podrá salir herido. Para Adriana, todos los pájaros ―los poetas―, podrán ser derribados: “con los truenos de un rojo y pequeño revolver…Y no será sangre/ lo que salpique a las manos/, sino un azul terrible inmenso”.
Éste es un poemario con un paisaje de pincelazos violentos, heridas que dejan turbio el vaso, con muchísimos instantes, como debe ser cuando la poesía no es sólo una piedra más en el camino, o un perro sarnoso ladrándole a la luna, sino una mosca con terciopelo negro y caja resonante.
domingo, 9 de septiembre de 2012
viernes, 7 de septiembre de 2012
Miércoles de poesía social
Reseña crítica del primer miércoles de poesía 2012
Por Andres Cardo
La
poesía está en guerra, no cabe duda, y los poetas que compusieron esta
primer mesa de los miércoles itinerantes de poesía, en su sexto año, lo
constatan. No es casualidad, que más allá de la situación política por
la que se atravieza en México; y que en un acto, en una especie de
puente, es nuevamente la poesía la que mantiene la tensión entre lo que
fue el 68, y lo que es ahora el movimiento estudiantil, en su potencial,
al menos, representado en el yo soy 132.
La
historia ha demostrado que las revoluciones tienden a favorecer a una
clase mínima. Más allá de ese aventajamiento de la clase propulsora de
los "cambios sociales", están los poetas, que por un lado, sirven a ese
cambio, y por otro lado, los que se apegan a la verdad del suceso, a la
crónica poética de lo que no cambió para todos (sino para los menos, los
de arriba, siguiendo al pie, a Mariano Azuela), fuera de eso, queda lo
que se quedará impregnado como "utopía" en el sedimento de la clase más
baja, que es la que compone regularmente estas luchas. En esta ocasión
es la clase estudiantil, parte mínima, pero importantísima, de una clase
intelectual, que puede asumir responsabilidades más allá de un servicio
cumplido a cualquier clase en reacomodo.
Nos van a dar de comer a todos, dicen en este preciso momento todos los presidenciables, en su segundo debate. Nos van a dar de comer para que no moramos de hambre.
Eso es lo que promenten. Así de triste es el alcance de nuestro pueblo,
y sus promesas. Aún peleamos por comer. ¿Por qué nos sorprende entonces
que los poetas griten, se encabronen, maldigan la realidad, y golpeen
en los muros de la existencia, como si fuera una caja para muerto,
tratando de salir, y de sacar con ellos a todos lo que detrás se
afianzan a sus palabras? ¿Por qué habría de sorprendernos que los poetas
como Leopoldo Ayala sigan gritando indignados esta realidad, y la lucha
de tanta gente para salir de ese muro, mientras tantos otros poetas
comen tranquilamente en el cajón de su escritorio (donde estudian el
paso del tiempo a través de la poesía, en NY, en Vienea, en England) un
buen baguett con ajonjolí y jamón serrano?
Sea dicha la pregunta, comienzo la reseña:
El
poeta que abrió la mesa fue Sandino Bucio, que recientemente ha tenido
que dormir mucho menos (sus propias palabras) y se ha sumado a fondo en
el trabajo del movimiento yo soy 132, según afirma Sandino,
también ganador del tercer lugar el Torneo de Poesía 2009. El poema con
el que abrió fue parte de la serie con la que comenzó a ascribir, y que
concibe más cercano a la poesía urbana, con la crítica inherente al
sistema social en el que vivimos. Versos violentos, de desencanto, pero
sobre todo con la fuerza de la resistencia a continuar en un estado
pasivo frente a la realidad tal cual se ve. Para la segunda ronda, leyó
dos poemas que fueron realizados ex profeso para leerse en voz alta: uno
en contra de las televisoras corruptas y de baja calidad que
atrofian la mente de cualquier mexicano que las atienda. Un
manifiesto-poema que está realizado con esa intención, la de llegar al
que lo escucha y refrendar esa idea clara: la tv abierta nacional es una
vil basura, y nosotros los poetas proponemos otra televisión, y
que ésta pueda democratizarse, pensar los contenidos. Poesía política,
sí. Para algunos de los asistentes, el carácter poético estaba (y quedo)
en entredicho; pero me pareció, que a diferencia de otras cantaletas,
donde la repeticion se vuelve un coro, o una cancioncita snob,
o parecida al lloriqueo de un niño de familia haciendo berrinche, como
sucede en algunos poetas de los 80-90, en este caso está más que
justificado, y el verso reiterado de nos ofrecen productos, productos, productos, y así continuamente, y después, vender, vender, vender (x
10), es efectivo, pues cumple perfectamente la analogía crítica al
embotamiento que resiente la mente, los ojos, la moral, que es golpeada
en el estómago, innumerables veces, y da un respiro para lavarse un poco
la mente de esa mierda televisiva que, incluso después del debate
presidencial, puede verse en los comentaristas del mismo en canal 11.
Este poema lo leyó en la aparición primera de yo soy 132.
Crítica de una intelectualidad "acomdaticia". Para concluir leyó el
poema contra el despilfarro de las instituciones en elefantes blancos
como la gran estela de luz, que comparo con un falo,
refiriéndose al poder. Poesía en pleno sentido de su contexto. Algunos
pidieron más profundidad, y me parece en su momento Sandino Bucio lo
hará, esperemos, como otros tantos poetas que ahora están sumados al
grito.
Por
su parte, Arturo Alvar mostró poemas de cargas simbólicas, donde el
poema se volvía un espacio, literalmente hablando, para la
reivindicación de la lucha con la desmemoria, y al mismo tiempo, un
crítica contra el ritual de "recordar" para repetir la historia.
Recordar la masacre para "temer" al espacio, y en una especie de
exorcismo, en su último poema leído, en torno al 68, escribe: "aléjate
de aquí 2 de octubre", y llama mejor a la conciencia, a la lucha, al
estar despiertos con la palabra lista para enfrentar los disparos, para
volverlos hacia otra dirección; tal vez en contra del mismo que dispara,
justo en su frente. Una poesía emotiva, y hecha para leerse en el
silencio de la reflexión, aunque la reflexión en sí brilló también al
momento de escucharse en voz alta. Un poeta de clara conciencia social,
pero también que goza de la retórica, y se embelesa en la sonoridad
retocada. En torno a los molinos y el quijote también retoma, y abunda
en un regresar a los siglos de oro, como un modo de saber a qué nos
enfrentamos, no sólo en lo político, sino también en el marco de lo
literario.
Roberto Romero es el poeta guarro (como bien lo apunta Sergio García Díaz, en la introducción a Extras),
pues todo su vocabulario es el de la "banda" en la esquina de la calle,
el de la tienda con las chelas en la banqueta, y del microbusero ñero
que anda viéndole las protuberancias a las pasajeras, sin escrúpulo
alguno. El padre vicioso, el chaval cábula, los ojetes del barrio, "la
mala onda" de la pandilla, la inseguridad del madreador, cobrándosela
con quien se deje. Todos estos personajes hablando al por mayor, de tal
modo que sus "metáforas involuntarias", la de los personajes, no las del
poeta, evidencian la putrefacción social que se manifiesta en cualquier
"hijo de vecina", y al mismo tiempo, la lucha por superarse, y salir de
ese porquerillero. La riqueza lingüística nos pone ante una estilo
especifico, que vulnera el oído, y la conciencia, pues no es tampoco un
moralizador, sino un ejecutante de una poética tácita, y al mismo tiempo
contradictoria. Es poesía social que se lanza desde su propia sombra
contra sí misma, para golpearse en el piso como a cualquiera de sus
integrantes que no logró "aguantar vara" a la mera hora de la hora. Como
bien lo cierra en un verso contundente, último de su lectura, ellos son
"el disparo que entra por la frente", y ahí donde se alojan, crecen
como mancha urbana, como una sombra que ilumina los ojos.
Para
el cierre el maestro Leopoldo Ayala, con toda la fuerza de sus años, y
la violencia de su discurso, apuntó hacia los ignorantes que nos
gobiernan, así como contra los que deberán cumplir sus promesas, si
llegaran a gobernar. Mostró su furia contra los poetas que se acomodan
en el escritorio a esculpir mármoles inútiles, como tumbas para letras
sin muertas. Luego leyó dos poemas. El primero, ante lo atónito del
público, es un poema que lamenta, narra, poetiza la caída de los
estudiantes, los obreros que cayeron el 10 de junio de 1971, y que para
el espectador, el contexto crítico del poema "10 de Corpus", los versos
siguen tan vigentes. La fuerza dramática, así como el lirismo exacerbado
del poeta al entrar en las situaciones de muerte, así como la consigna
contra el futuro, no para..., sino contra el futuro, estallan como
premonición, de modo poético, en la vinculación con el movimiento
estudiantil que ahora se mueve en México. La gente que afuera pasaba, se
detenía un momento para ver qué sucedía adentro el Café Raíz. Poetas de
alto grado histriónico, como Rojo Córdoba o Eduardo Ribé, bien podrían
pasar por alumnos del gran poeta en voz alta, Leopoldo Ayala: alguna vez
Ribé compartió escenario con el maestro Ayala, en el Gran Hotel de
México, durante la presentación de 40 Barcos de Guerra, donde ambos están incluidos, y él azorado me compartió su sorpresa mayúscula ante el maestro.
Sólo
faltaría empatar la fuerza y contundencia del poema, así como el nivel
poético, cosa que también se suma, a que Ayala estuvo en aquellos
fatídicos sucesos del 68, y después, ante los cuales ha mantenido el
fusil en alto, como un modo de tener presente, que no basta recordar: es
necesario hacer, como él lo ha hecho ya 40 años, sin pasar por alto el
hecho de que hay cosas de la historia que definitivamente todavía no se
superan; corrupción, burócratas asesinos, o indiferentes, soldados o
servidores públicos que "les vale madre" lo que les manden a hacer, pues
para eso les pagan, ¿no? Al final, con la piel erizada, por más
"grandilocuentes o sobrecogedores" que parezcan los poemas de Leopoldo
Ayala, son vigentes, no cabe duda, tanto en el contenido, como en la
desaprobación, o la desesperación de que no cambien las cosas, de que
sigan igual los aparadores de la mentira; los fraudes electorales, las
oligarquías, etc., etc. Contra el conformismo es contra lo que escribe
Ayala, contra los centímetros y centímetros de conformismo y mediocridad
que tienen como piel, como protección, los ciudadanos de México,
incluidos los poetas.
Por
eso, cada uno de sus versos es un hacha, para romper el caparazón en
donde se guarda la "inteligencia" (en ella confía el poeta) de los
individuos, y los obliga a voltear y ver lo que han hecho con su mundo,
con su país, con su vida, de cómo es que viven en un lugar en donde la
más alta propuesta política de los gobernantes es "que no te van a dejar
sin comer".
Para
muchos este es un discurso viejo. Para varios jóvenes incluso, que
ahora cargan sus consignas jóvenes (y tan viejas a la vez), y que
todavía no se enfrentan a la lápida enorme de los "ojetes" que
gobiernan. La pregunta es, y para eso grita, Leopoldo Ayala, la pregunta
es: si una vez que nos apliquen el fraude otra vez, los estudiantes
seguirán luchando, seguirán luchando como lo ha hecho Leopoldo Ayala por
40 años, sin callarse, 40 años sin ocultar la estupidez en la que se
vive; y todo esto para que muchos de los poetas "acomodados" lo vean
como un "loco" mientras se sientan en su sillón de poetas (bien pagados,
o más o menos) que superaron "la tragedia", y que pueden vivir
tranquilamente bajo el gobierno de un espurio, sin decir nada al
respecto. Y sólo recordar a Homero. Sólo recordar a Homero.
domingo, 22 de julio de 2012
Arturo Alvar en el CC España, poema "Los ojos de los perros"
Las personas que hemos presenciado Lecturas de etiqueta de Versodestierro y un concierto de la cantante Dulce Chiang acompañada de los músicos de Vintage Club:
Gustavo Salas, acordeón, Cuitláhuac Chavez, piano, Israel Balcázar,
percusión y Luis Echeverria, contrabajo, sabíamos de los niveles de
excelencia que podían alcanzar en su presentación de Lecturas de etiqueta Poesía a Cuatro Voces con Vintage Club en el Auditorio del Centro Cultural España,
el viernes 18 de mayo de 2012, pero cuando todos los participantes
entretejieron sus intervenciones unidos a la exhibición simultánea del
video de la película Koyaanisqatsi, producida
por Francis Ford Coppola, la experiencia fue inenarrable porque junto a
las imágenes que el mismo poema convoca, las imágenes de la pantalla
funcionaron como hipérboles simbólicas, gigantescas metáforas visuales
de los versos de cada poeta.
Azarosamente las imágenes del video y la música de Vintage Club
se renovaron con cada poema del mano a mano entre los poetas Adriana
Tafoya y Andrés Cisneros de la Cruz y Hortensia Carrasco y Arturo Alvar y
correspondieron en una suerte de dialéctica galopante a los versos que
pronunciaron.
Instantes de extraordinaria belleza envolvieron a los más de ochenta espectadores que se conmovieron y fueron traspasados por las palabras de los poetas, la calidad histriónica de Dulce Chiang, la música en vivo y las imágenes. Recuerdo los momentos más singulares:
En la pantalla el colapso de edificios
ilustró la hecatombe cotidiana que sufren los perros del poema de Andrés
Cisneros de la Cruz, cito:/…/ y la anciana dijo/…/esos perros
tienen que aprender a comer/ lo que yo quiera/y una semana después murió
uno/al otro lo atropellaron/nosotros lo sabemos/los alejaron de su
perra madre/porque era lo mejor para ellos.
Arturo Alvar, de pie, sin hojas,
sobriamente humano, nombró a Circe y una luna gigantesca se acercó a él
para marcharse con sus últimos versos, cito: Se despidió de mí
Circe/lejos quedó el camino hasta ella/en el segundo día del mundo/ la
palabra fue un "tal vez"… Circe contempló las gotas de mi lucha con los
músculos de Poseidón/ enceguecido por la furia del designio/ contra el
sopor del agua evaporada/ por una población de estrellas/ en el destello
de sí mismas/. Contra el semblante de la noche, los astros quedaron de mi
parte/ las fugacidades del relámpago perdido en el temporal de lo eterno".
Cuando Adriana Tafoya leyó de una forma transparente y vigorosa el poema Las dos Ofelias se escucharon las notas de la canción Amor de mis amores en el piano y su sonido remitía a la liquidez y hondura de las olas en las que se sumergen las dos Ofelias, cito:/…/algunos creen incluso que se vencen/y flotan sobre el agua sólo para verse hermosas/sus pechos en el agua, ¡qué delicia!/verlas de Dios esconderse/entre cada capullo del agua abren las piernas/ y Dios desconfía, no las protege, no las olvida/porque Dios no fue creado para las mujeres/ y eso es tan natural como hundirse en el mar/para ver desde el fondo piezas de ajedrez revueltas/en el puñetazo de una ola.
Amor perdido fue el tema del fondo musical que acompañó estos versos de Hortensia Carrasco: /…/ el amor dejó de ser un castillo de crestas azules/la desesperación los vuelca sobre cada cosa que tentaron/vehementes pretenden estrechar cualquier punzada de nostalgia/el espesor de la costumbre endurece el ligamento/se percatan de que la lluvia no es un ángel/sino la pertinaz ausencia del hastío.
Dulce Chiang alternó sus participaciones con las de los poetas, en cada ocasión les dio pie para su entrada, interpretó las canciones Amor de mis amores, Negra pena, Cuidadito, Nana Pancha, Amor de mis amores, Mi querido capitán, entre otras. Indudablemente, su voz saturada de pasión recuerda a Edith Piaf.
Y qué decir de la última interpretación de Dulce Chiang, la canción Non, je ne me regrette rien que se escuchó mientras un satélite incendiado caía y terminaba de apagarse y desaparecer con las últimas notas de la melodía.
No, nunca sabemos que esperar en realidad.
En realidad, la voluntad de entretejer esfuerzos y el azar logran que se traspasen los límites y se creen nuevas formas de tocar a los demás.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Versus poético en el Día Mundial de la Poesía 2012
Enfrentamiento entre Sandino Bucio vs. Arturo Alvar
Gran Hotel de la Ciudad de México.
Gran Hotel de la Ciudad de México.
La noche del miércoles 23 de marzo, en el Día Mundial de la Poesía, se llevó a cabo el Torneo relámpago de Poesía "Pink Punk" en el Gran Hotel de la Ciudad de México, Centro Histórico.
En el Torneo, participaron las poetas Hortensia Carrasco, Svetlana P. Garza, Atena Ramírez y Rosario Loperena, por parte de los varones estuvieron Sandino Bucio, Esaú Corona, Arturo Alvar, Hugo Garduño y Pedro Emiliano como réferi.
El formato fue Versus poético a una caída, en una puesta en escena donde, a diferencia del Torneo de Poesía "Adversario en el Cuadrilátero", en este show que los poetas abrieron y para lo cual había que caracterizarse.
En el cartel del evento estaba una actriz peruana que quería entrar a Televisa, sólo eso pudo justificar la locura de Alí Fernández de organizar un evento el miércoles y con boletos a precio de etiqueta. Para nosotros no había problema si resultaba o no aquella empresa descabellada, al final de cuentas, un poema es un poema.
Confundido por Alí como su chalán, me quedé con los reconocimientos de Karla Estrada y César Bono, que no llegaron al toquín. De lo que se perdieron, porque aunque la actuación resultó lamentable (me imagino que eso choqueó a Alí) qué importa, si la poesía resultó ser lo mejor de la noche.
Salir de las cuerdas
Darse en su madre porque nos parió la poesía
un día de catástrofes para ángeles caídos
ya no abrirán sus alas para escapar del cielo
sólo este suelo que recuerda nuestras tumbas
un parque de fresnos para un cementerio
estatuas que en vuelo esculpe la muerte
sueño del bosque relumbra los huesos
nos lleva a saciar la sed con lluvia.
Darse en la madre porque nos parió la poesía
lo mismo en callejones que antiguas cantinas
no es que la rima quedara de golpe
fue la madriza que llevó el retoque en una
esquina, la cólera estética, el vaso diáfano
que el tequila incinera, en otra una mano
escribe la aurora, lo escrito amanece en la cruda
de mi hora.
No hay argumentos para este insaciable deseo
de darse en la madre en el centro del ring
como lo quiso Maffio como se quiere al fin
un atajo inequívoco a la muerte, salir a pelear
a pesar de la derrota, hasta acabar con la costra
de tu sangre derramada.
Arturo Alvar
viernes, 17 de febrero de 2012
Diario sublime y profundo de un poeta etílico
Por Arturo Alvar
Cuando miré en el espejo, estuve de acuerdo con la sentencia de ese gesto extraño frente a mí: te has convertido en un borracho, dije, antes que poeta. Ahora serás el payaso de Henrich Boll, abandonado por Marie a su enfermedad. La crisis de los veintiocho años se había concatenado con la crisis del veintinueve ―a punto de los treinta―. En un país no sólo adolorido, sino desmembrado por la corrupción, sentirse desolado, querido Hans, es cosa de todos los días. Sólo encuentro ante esta cruda realidad un “remedio pasajero: el alcohol”.
Subo al metro y aparece Renato Leduc parado junto a mí. “Así es, estamos en el cenit y ya no nos queda sino descender”. Vivir el “momento Atlántida” que Roberto Bolaño vislumbró en su “Prosa de otoño en Gerona”, escuchando los latidos de una “desconocida” que sin darte cuenta te ha dejado el corazón alucinante, como dice la canción: “tan lleno de amor”. La noche anterior, ella estaría en las calles del centro de Juárez, desafiante, tan solita como “estrella distante” o con sus amigas, instaladas en el precipicio de una barra o bailando Ska, mientras afuera la danza de la muerte se anidaba en unas cuantas cabezas cercenadas.
Si ya no poeta, al menos estaba dispuesto a ser un hombre. Pero no cualquiera, sino el hombre del juebebes, día 19 de enero, anexado a la presentación de otra revista de literatura, definitivamente más ad hoc con mi estado de ánimo: Los bastardos de la uva. No tienen madre estos cabrones, apenas se han ganado la beca para revistas independientes y ya sacaron evento en el Gran Hotel de la Ciudad de México. La última vez el trago de deshonor había consistido en un par de botellas de vino tinto, que en escasos minutos sólo fueron gotas, pero ahora sé que es porque andaban medio jodidos, como andan los que no tienen beca. Una manera de solidarizarme con ellos, entonces, fue llevando mis propios insumos etílicos.
La antigua editora del Semanario Deportivo de Poesia, Estephani Granda, está publicada en este último número, el ocho. Un conjunto de prosas muy entrañables y sentidas, poéticas, como me gustan de ella, dedicadas a Karla. La neta sí me la imagino escribiendo así de intenso cuando se desvela. Desde que obtuvo el segundo lugar del premio Enrique González Rojo, quedé convencido de su calidad poética, algo que los bastardos olfatearon, además de es notorio que les hacen falta plumas femeninas para despegar el vuelo y sobre todo para no dar la imagen pública de que hay una completa desigualdad de género en su contenido.
Iba entonces con Granda hacia el Gran Hotel, no sin antes resguardar dos six de tecates en mi morral. Las organizadoras nos avisaron que teníamos que consumir al menos una bebida por persona. Sin embargo, los meseros no se daban abasto, las provisiones de alcohol escasearon y entonces tuve que destaparme un par de latas, ya iniciada la presentación. Ricardo, el director de la revista, al abrir su intervención, me balconeó. No me quedó más que alzar un poco la bebida y brindar al aire, aunque ningún mesero se acercó durante toda la velada a reclamar el descorche. Si no, hasta le hubiera ofrecido un trago, pero simplemente los meseros no podían con la ávida concurrencia de sedientos lectores, para lo cual había que venirse preparados.
En la ronda de participaciones, le pregunté al director de la revista el por qué de la beca Edmundo Valadés. “El asunto del trago es un juego”, había dicho Ricardo en una entrevista reciente que le hizo El Financiero, pero además dijo que no tenía contemplado el estímulo de la beca. Después de dar un trago a su whisky, respondió lacónico: “Porque soy hijo de Consuelo Sáizar”. Pero si a la revista ya la adoptaron― ¡Nada más y nada menos que Troncha Toro!―. ¿A dónde quedó la bastardía? Fue en la cantina del Tío Pepe, platicando con él semanas antes, cuando entendí que la publicación es más conciliadora que retadora, tanto con los autores como con las instancias, pues más allá de la virtud o el vicio, ¿quién le va a negar la legitimidad de ser borrachos a los escritores? Si el propio Calderón es un dipsómano, además de que con el alcohol no hay bronca, es bohemia sin pedos. ¡Salud!
Solamente una mujer, María Fernanda Bustos, estaba en la mesa de presentación de la revista. Nos contó cómo se había acercado a Los bastardos de la uva. Cada uno de los miembros del comité editorial le había “echado el perro”, mostrando sus más altas cartas literarias. ¡Qué quemón! Es sincera y de verdad que los quiere. De lo que respecta al contenido del número, mencionó una colaboración, precisamente la de Estephani Granda, ante el propio desconcierto de mi acompañante. Dada la invitación por parte de Ricardo, le aconsejé a Granda que se subiera a leer un fragmento de su colaboración, pero no quiso hacerme caso, se mordió el rebozo. “No quiero ser protagonista, no es el momento”. No lo entiendo, pues ¿cuál es el momento idóneo para que acontezca la poesía? ¿Y si el poema logra sacudir a una, dos o tres personas? Creo que habría valido la pena. Eso sí, logré convencer a Granda de seguir con la peda y que de paso me platicara los pormenores de Absenti y sus quereres.
Nos encontramos en la presentación con Diego Guadarrama y mientras los bastardos nos informaban a dónde se la iban a seguir, aproveché para extender la discusión con él respecto de los apoyos institucionales como la beca “Edmundo Valadés”, puesto que la revista La Piedra ―que Diego dirige― también es beneficiaria del programa. Nos dirigimos entonces a un café-bar, donde los bastardos suelen caer. Platico en el pasillo con Juan Pablo Zamora, fotógrafo del número actual de la revista. Me interesa saber la historia de las personas que retrata. Una de esas historias (no explícita) es la de los chavitos de la calle que Vicente Fox se había comprometido a apoyar, pero que años después de su mandato se encuentran en las condiciones más deplorables. Definitivamente la revista es más gráfica que otros números y siento que eso es un acierto
Harto de las chelas, pedí un “París de noche”. Seguimos platicando con Diego y así como en las mil y una noches, prolongo hasta el último sorbo la conversación. No soy purista, le digo, por eso celebro que revistas como La Piedra o Los bastardos de la uva puedan tener apoyos del Estado. Por un lado, se puede justificar que los recursos son públicos, entonces los proyectos que aceptan las becas y participan en sus reglas de operación, mantienen la exigencia de que ciertas políticas culturales continúen beneficiando a la sociedad. Por otro lado, está el asunto de cómo funcionan estas instituciones y si cumplen o no con su objetivo primordial, definiendo en todo caso cuál ha sido su papel hasta ahora.
Me llama la atención que muchas revistas más que desarrollar un esquema autogestivo, se vuelven dependientes de la beca o el apoyo gubernamental. Diego Guadarrama señalaba, en este sentido, que muchas publicaciones beneficiarias desaparecen cuando dejan de obtener la beca. Es como un placebo que te hace creer que no es necesario generar estrategias para sobrevivir. En lugar de que las instancias culturales fomenten diversidad, la enquistada burocracia tiende a homogeneizar proyectos que en su origen han propuesto generar discursos sin determinaciones externas.
Creadores, centros culturales, universidades y presupuestos están supeditados al capricho de funcionarios. En cuanto a las becas, simplemente hay que ver los procesos de financiamiento, que no se adaptan a las revistas sino las revistas tienen que adaptarse a ellos, en una condición de desigualdad, pues no se reconoce el valor del trabajo. La beca sólo apoya la impresión, pero o muy poco o nada hace al respecto al apoyo para la edición, colaboraciones, distribución y difusión, lo cual es desconocer una parte fundamental e indispensable para sacar adelante cada publicación.
De acuerdo a lo anterior, por lo menos sería justo que se reconociera una coparticipación en el financiamiento de cada proyecto, en términos igualitarios entre instancia pública y publicación independiente, para que el espacio de negociación pueda abrirse, pues no sólo implica mantener exigencias, sino modificar las estructuras de poder. Más allá de la beca, hay un trabajo muchas veces no remunerado, pero que puede considerarse como una aportación cuantificable, que desde luego sería mucho mayor al dinero otorgado por la instancia.
En muchas ocasiones salta a la vista la contradicción que existe entre la postura crítica del proyecto y el mensaje oficial impreso en la publicación. Vuelvo al caso del artículo de Aurelio Meza, en la revista La Piedra, sobre la Red de Poetas Salvajes, cuando por un lado dice que proyectos como Mancha ―cuyo creador es Yaxkin Melchy, quien se mantuvo un rato en el anonimato― cuestionaron el “nepotismo” de otros grupos independientes, sin referirse a casos concretos, cayendo en el juego del “te aludo y al mismo tiempo te ninguneo”. Sin embargo, al recorrer las páginas de la revista, se advierte que aparte de la publicidad de Conaculta, no existe una crítica frontal a los verdaderos lastres que prostituyen nuestra realidad.
La publicidad oficial dentro de las revistas independientes que son apoyadas con becas, constituye un abuso de autoridad, si se considera que el “apoyo” que se recibe en todo caso se paga con los espacios preferenciales dentro de la revista, que bien podrían cotizarse mucho mejor desde otros sectores, con la libertad de elegir qué quieres poner en la contraportada, si un poema de Max Rojas o un anuncio de Mezcal de Oaxaca, por ejemplo. Pero a estas alturas, me parece mejor que las contradicciones se acentúen y que esto lleve a la exigencia cívica e ineludible de orientar políticas con impacto real, que hagan de la experiencia vital del arte una sociedad más justa y libre.
Las revistas que tienen actualmente la beca “Edmundo Valadés” deberían juntarse y discutir formas en que la institución pueda reconocer necesidades y modificar sus políticas de apoyo. Poner en su lugar las cosas. Que los funcionarios dejen de ver la cultura como botín y se pongan al servicio de la comunidad. Para esto debe haber espacios de negociación, pero también claridad de lo que se quiere lograr. Un diagnóstico puntual puede arrojar luces, así como construir espacios autónomos de interacción entre independientes, dentro del híbrido que es participar con las instituciones. Crear agentes instituyentes del cambio, algo imposible de hacer si no se discuten y plantean problemáticas de cada proyecto y a nivel histórico, donde intervengan tanto editores como colaboradores y lectores.
Estoy seguro que mediante la presión desde el ámbito independiente, se podrían lograr muchas cosas en el espacio de lo instituyente, en el caso de la cultura. ¿Qué haría la institución si, por ejemplo, todos renunciaran a seguir recibiendo apoyos, hasta ver cumplidas las demandas que no sólo abarquen conceptos como impresión, sino el pleno reconocimiento al trabajo editorial y a la libertad de conciencia? Eso sí que sería una nota relevante. Sin embargo, creo que estoy otra vez pedo, qué remedio. Al poco tiempo que llegamos al bar, los que asistieron a la presentación ya se habían ido. Ricardo salió disparado a algún hotel del Centro Histórico. La bastardía no era tan etílica como pensaba. Pero al menos en esta ocasión era seguro que nadie iba a sufrir una congestión.
Sólo quedamos Diego, Granda y yo, sentados en la última mesa del bar. Al parecer, Guadarrama fue empático con mi arenga contra las becas, pero no estoy seguro de que quiera encabezar algún tipo de insurrección. Al poco rato, también se despidió de nosotros. Caminamos entonces hacia Garibaldi, convencidos de que la noche era aún larga, como tren en marcha, acelerando. Me abandoné a las emociones de Granda y terminamos en un tugurio de transexuales, conmovidos por lo que veíamos a nuestro alrededor. De pronto, en medio de la embriaguez, no había nada más tierno que escuchar a un trans cantarle a su amor, vestida de Gloria Trevi, con tanto sentimiento que me puso la carne de gallina, como dice Rubén Bonifaz Nuño que se siente cuando uno escucha verdadera poesía.
Después de una cruda feroz que duró todo el fin de semana, el lunes por la mañana desperté dichoso, porque al fin ella regresaba de Juaritos, enterita. El alcohol dejaba su lugar a la presencia de una mujer que ya no era más extraña en mi corazón, como ya no eran más ajenos los versos que Renato Leduc me recitaba mientras transbordaba en la estación de La Raza rumbo al aeropuerto: “seamos impasibles, sublimes y profundos, como el mar”.
No repetir el mismo sonsonete de la vida rutinaria, las mareas de lo nombrado, sino la posibilidad de vislumbrar, en cada verso, el abismo del lenguaje que precede a la cima más alta. Ahí donde uno está dispuesto a saltar sin paracaídas, como si fueran las últimas palabras.
Sobre Arsacio Vanegas Arroyo
Arsacio con Antonia y Fidel
ARSACIO
Por Alberto Híjar Serrano
Arsacio Vanegas Arroyo murió hace diez años por lo que Maritere Espinosa del Taller de Construcción del Socialismo y del Socorro Rojo, propuso y organizó una exposición en el Salón Che Guevara de la Embajada de Cuba en México. El lunes 26, la inauguración contó con la representación cubana y los veteranos de la solidaridad profunda como Antonio del Conde ataviado con su chamarra de motociclista necesaria para los usos y costumbres en ese medio de transporte. Designado con el seudónimo perfecto de El Cuate resultó imposible de detectar por los cuerpos de seguridad que no pudieron evitar su colaboración como armero culminada en la compra y habilitación del yate Granma del que todavía es dueño porque dice que los papeles de la donación al Estado Cubano se extraviaron en algún archivo muerto. Llamar Cuate a un mexicano y Che a un argentino era volverlos invisibles entre la multitud en la que esos apelativos es cotidiana y común. La compañera Julieta recibió con singular entusiasmo la mención de Alfonso Guillén Zelaya, el único mexicano en la expedición entre los compañeros a quienes enseñó arme y desarme para recibir el grado de capitán que ejerció en Cuba hasta su muerte en 2010. Julieta conoció bien al compañero Guillén, egresado de la Vocacional 4 y al igual que El Cuate ella sufrió prisión en Estados Unidos después de haber transportado el dinero para la compra del yate.
Maritere seleccionó fotos y documentos con puntería adiestrada por su tenaz trabajo de historiadora de todo aquello que la estatolatría considera marginal y despreciable. Por eso construye la memoria de Mario Payeras y Yolanda Colom, los excelentes escritores que militaron en el Ejército Guerrillero de los Pobres de Guatemala. La exposición tiene como emblema el fragmento de una foto de Arsacio al lado de María Antonia González, la de la legendaria casa de reunión revolucionaria, Fidel y otras mujeres cigarro en mano como afirmación de su fuerza, según observó Pepe Mendieta “Rambo”, el luchador hijo de una de las fotografiadas. Sin duda la conversación con estos personajes enriqueció a un cineasta norteamericano y a una pareja de jóvenes mexicanos que están terminando una película sobre la familia Vanegas Arroyo.
Hay otras fotos de Kid Vanegas, el luchador que puso sus conocimientos al servicio del adiestramiento físico de quienes se embarcaron en el Granma luego de resolver su aprehensión al ser descubiertos sus preparativos subversivos antidictatoriales. Hay fotografías del grupo y documentos amplificados de impresos de la empresa popular Vanegas Arroyo de larga prosapia, porque Don Antonio publicó versos de Martí y cuadernillos sobre la lucha cubana contra España y en especial uno dedicado al internacionalista General Antonio Maceo. Arsacio y Blas mantuvieron activa la imprenta y con la misma prensa de la que salieron impresas danzas y canciones cubanas, imprimieron las primeras proclamas de Fidel y los primeros bonos 26 de julio para reivindicar como principio lo que pareció final al ser masacrados la mayoría de los asaltantes del Cuartel Moncada en 1953. Para “convertir el revés en victoria” la familia Vanegas resultó estratégica, tal como se recordó con la presencia de las hermanas Irma y Joaquina, de sus hijos, uno de los cuales se llama Raúl porque tiene como padrino a Raúl Castro.
Más que historia patria, la de Nuestra América, según la precisión de Martí contra el panamericanismo yanqui, la historia presente en las fotos y amplificaciones de la exposición exige la referencia a la historia matria, la del tierno amor solidario que hace de la humilde casa Vanegas en la colonia Morelos, cerca del populoso Tepito y en la calle de Penitenciaría que topa con la puerta principal de la antigua cárcel de Lecumberri, un santuario, refugio y hogar para los expedicionarios. Esto es mucho para que autoridad estatal alguna decida un museo de sitio habitado por Posada y Manilla, Antonio Vanegas y su descendencia, los revolucionarios cubanos que dejaron en la casa huellas de su paso atesoradas por Irma y Joaquina. Ahí están libros dedicados, medallas, cartas, equipo de campaña e impresos diversos.
La carta de Fidel con su pésame y el del pueblo cubano está enmarcada y amplificada como testimonio en la exposición de esta rica historia usualmente ignorada por quienes ocultan que por México han pasado importantes revolucionarios de Nuestra América. Alerta, la agregada cultural cubana propuso organizar visitas coloquiales a la casa de las Vanegas. Esta tarea le viene bien al TACOSO por su trabajo de la memoria histórica urgente para descubrir modos de ser y estar de los que urgen ahora.
28 septiembre 2011
sábado, 11 de febrero de 2012
Tomás Segovia: poesía y revelación.
Hace unos meses, el 7 de noviembre del año pasado, falleció Tomás Segovia (Valencia, 1927, Ciudad de México, 2011). El pensaba que, en realidad (lo escribía en uno de sus ensayos publicados en Plural, en los años 70), todos somos inmortales, pues la muerte, por más evidencias que haya, no es un hecho de la vida. Y es que la muerte de alguien es algo que le ocurre a los otros, a los vivos que quedan. A mí me ocurre, a nosotros nos ocurre la muerte de Tomás Segovia; no a él, así sus argumentos. Además de su escritura, parte del prodigio de conocerlo eran sus charlas universitarias, de las que me tocó ser parte. En el aula, hablaba de todo y de nada (tal vez citaba a Alfonso Reyes) con una profundidad y elocuencias asombrosas, y en esa aventura incisiva, persistente, lo frecuente era que diera en el clavo, en la imagen perdurable, en la idea reveladora.
Puedo decir que extrañó esas sesiones de erudición e imaginación que armaban, casi siempre, de manera deslumbrante, y que lo dotaban, frente a sus alumnos, de un aura de genio y de poeta. Una estampa, en la que su voz pastosa y cálida, con su inconfundible acento español que nunca abandonó (llegó adolescente a México, movido por la Guerra civil española), su mirada penetrante, su perenne saco de pana color miel, su atención cordial y comedida, no dejaba de tejer paradojas sobre cualquier tema sobre el que se le inquiriera, como si la cita en ese momento apuntada, saliera de una consulta reciente y precisa de su abundante biblioteca imaginaria. "Viajen" nos recomendaba, pues en el contraste del ámbito diferente es cuando mejor se sabe quién es uno. ¿Y quién es uno? Es extraño, nos decía, pero cuando uno abre la cartera y saca una foto, no decimos es una foto, decimos "éste soy yo". Somos una representación, un ente imaginario, antes que carne y hueso que fenece.
No obstante, mi primer encuentro con Segovia, antes que en la academia, fue con su literatura. Muy joven aún, buscaba para encontrar no sabía aún qué. Y encontré las páginas incisivas del Excélsior de Julio Scherer García y el lúdico Plural de Octavio Paz. Los sonetos votivos que halle de Segovia en aquella revista aún perduran en mí. Me asombraba que bajo la forma apretada del soneto se pudieran hablar de lo que él hablaba (del cuerpo femenino y sus misterios; de la mirada masculina sobre ese cuerpo femenino).
Y es que en la fundación de la revista auspiciada por el periódico Excélsior, Segovia tuvo una participación crucial que poco se le reconoce. Julio Scherer, el legendario director del periódico, quería, en realidad, que Octavio Paz coordinara los esfuerzos de una publicación independiente de análisis político, al estilo del Le Monde Diplomatique; empeño que después fructificaría en lo que sería la revista Proceso. Octavio Paz, en cambio, lo que deseaba era revitalizar un anhelado proyecto de una revista cultural y literaria que reuniera al talento de las dos orillas del Atlántico, y que en los años 50 casi fructificó en una revista, bautizada, si no mal recuerdo por Juan Goytisolo, como Libre. Fue, en esencia, el proyecto de principios de los años 70 que culminó en Plural, auspiciada por la cooperativa Excélsior, en cuya concepción, como señalo, fue fundamental la participación de Tomás Segovia, quien, puede decirse, fue cofundador de la revista junto con Paz. Plural, entre los años 1971 y 1976, fue lo que fue por Octavio Paz, pero también por Segovia, sin desdeñar, por supuesto, el extraordinario talento que en la revista participó.
Y en esas páginas, además de su poesía o, mejor, junto con su poesía, Segovia exponía sus ideas políticas, económicas, literarias o lingüísticas, pues la publicación era en verdad plural en más de un sentido, y era consultada y leída, en el país y fuera de él, pues su independencia era creíble, lo que, quizás, no puede decirse de las revistas que la heredaron. Segovia había sido desde la codirección de la Revista mexicana de literatura (junto con Juan García Ponce) un crítico consistente del socialismo soviético. Cuando alguien le objetaba que ese socialismo no era lo que se había propuesto Marx en su teoría, simplemente señalaba que negar a ese socialismo como el socialismo real era una postura idealista. Pero también era un duro crítico del capitalismo. Ese capitalismo que ha cedido a la usura como motor privilegiado y a la ganancia como justificación última. Si no hay ganancia, no se tiene valor y eso no puede ser la poesía, y a eso se opone radicalmente la poesía, de ahí que Tomás Segovia la concibiera como un ejercicio de resistencia.
Su distanciamiento de Plural fue paulatino (definitivo, claro, cuando el asalto a Excélsior, por los trogloditas del entonces presidente Luis Echeverría) y notorio de Vuelta, la revista que sucedió a aquélla; ya no digamos de Letras Libres. Ya no supe que pensó de esta última revista ─regresó a España, a una especie de exilio, desde mediados de los años 80─, pero en rigor alguien como él debió ser quien siguiera los empeños que una generación de escritores había concebido desde la imaginaria revista Libre. Una palabra mágica, libre, que igual alude a la libertad, como a los taxis que se mueven en todas direcciones y hacen parada en todos los puntos (concepto que empleó, sin duda, Gabriel Zaid para su célebre antología Ómnibus de poesía mexicana). De Libre a Letras Libres media el absurdo, ¿para qué el énfasis? se habrá preguntado Segovia (dime de qué presumes...), por qué vivir de los mecenas del gran capital, como lujosos ejecutivos de la cultura, ¿en esas condiciones puede existir independencia crítica? Ante esas dudas, Segovia se distanciaba, vivía su independencia real, pues de eso vive la auténtica poesía. En su itinerancia, pasaron ─como al griego, como en el tango─ más de 20 años para su retorno y para morir en su verdadera Ítaca.
La poesía era para Tomás Segovia un oficio y un modo de conocimiento. Un oficio en cuanto que había que entresacar de las palabras la belleza, omitir lo que en ellas sobra, y un modo de conocimiento, pues el viaje en el lenguaje le permitía acceder a una realidad distinta, al momento de iluminación que provee la poesía. Como si la poesía consistiera en un camino en donde el poeta poda y abre brecha para encontrarse con un singular paisaje poblado de palabras.
Y no está mal decir "abrir", pues para Segovia la poesía es un arte que "abre"; una erótica del conocimiento donde las palabras exploran el cuerpo de la otredad y lo nombran. Por ello, una experiencia dialógica. En donde el otro es, casi siempre, el ser femenino. En una de las clases que impartía y de las que he hablado, comentaba convencido que las mujeres son más inteligentes que los hombres, pues mientras que nosotros en lo que solemos fijarnos, sobre todo, es en su anatomía; en cambio, ellas suelen ─al menos las mejores─ valorar más en los varones sus ideas, sus pasiones. De ahí el homenaje permanente de la poesía de Segovia a las mujeres. Pues en el cuerpo femenino veía la más fiel encarnación del espíritu. El espíritu hecho carne.
Y es que abrir, separar, analizar es el ejercicio fundamental de la inteligencia. Así funciona el pensamiento que descubre. Pues descubrir, antes que inventar, es lo que hace la poesía y el conocimiento. En alguna otra ocasión, señalaba que en la Edad Media el símbolo privilegiado del poder era la espada. No porque tal instrumento fuese un símbolo militar o de violencia, sino porque la espada separa y divide y eso es lo que hace el pensamiento; lo que hace el lenguaje para entender su entorno. Separar y dividir, que no otra cosa es nombrar. El arte de la poesía es el arte de nombrar el mundo y de profundizar en él.
En la idea del conocimiento poético como descubrimiento hay, por supuesto, la nostalgia de que al descubrir, recordamos, lo que no deja de tener un dejo platónico. Pero también una vertiente erótica: la idea del desnudamiento. La sensación de que en la desnudez de los cuerpos la verdad y la sinceridad son posibles. En relación con el amor platónico, Segovia sostenía que había confusión sobre lo que Platón pensaba sobre el asunto. Antes que referirlo al amor distante, a los "amores de lejos", lo que postulaba el filósofo era la entrega de los cuerpos, la plena satisfacción erótica, para que al estar la carne satisfecha, ahora sí poder dedicar sin prisas todos nuestros empeños a las ideas. Y a esos esfuerzos Segovia era plenamente fiel.
Y es que al desnudar, al descubrir, ocurre la revelación. Pues, en efecto, la lengua de Segovia era una espada con la que desnudaba la realidad, y a las mujeres, ese era el mayor homenaje que les rendía. La revelación de los cuerpos desnudos que se entregan y en esa entrega ocurre el diálogo primordial. El descubrimiento genésico. La lengua descubre para después penetrar y en ello el fondo último y primero de la condición humana.
Hace poco volví a entablar un diálogo mínimo con Segovia. Le hablé de un proyecto que tenemos en la UAM Azcapotzalco para difundir poesía a través de carteles, y que el primer cartel sería con un poema suyo. Uno de sus Sonetos votivos que concentra de manera admirable la filosofía amorosa de Segovia:
Entre los tibios muslos te palpita
un negro corazón febril y hendido
de remoto y sonámbulo latido
que entre oscuras raíces se suscita;
un corazón velludo que me invita,
más que el otro cordial y estremecido,
a entrar como en mi casa o en mi nido
hasta tocar el grito que te habita.
Cuando yaces desnuda toda, cuando
te abres de piernas ávida y temblando
y hasta tu fondo frente a mí te hiendes,
un corazón puedes abrir, y si entro
con la lengua en la entraña que me tiendes,
puedo besar tu corazón por dentro.
La serie se denomina "Elogio al oficio" que alude ─salvo el cambio de una preposición─ de manera directa a una columna que el escritor tenía en el periódico unomásuno ─en el breve periodo en el que fue un diario independiente y crítico─ que Segovia denominó "Elogio del oficio". Le gustó la idea y aprobó el homenaje. Me comentó que había estado mal de salud y había estado en cama o en el hospital un mes entero y ahora se disponía a viajar a México, eran los primeros días de octubre. Después ocurrió lo que sabemos; se hizo inmortal, porque la muerte, nos había anunciado, no es un hecho de la vida.
Tenía un especial afecto por la forma en su quehacer poético. En algún momento recordaba alguna discusión al respecto con Octavio Paz, cuando éste hacía un elogio de lo que había sido el verso libre en la poesía contemporánea. A lo que Segovia le inquiría, "pero es que la mitad de su poesía es medida", a lo que Paz contestaba: " de eso no se habla".
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